“Heridas incompatibles con la vida”

Con esta frase describían en las noticias un desgraciado accidente que “se ha llevado una vida por delante”. Otra curiosa expresión para decir que alguien ha muerto. Pero esto de “se presentaron heridas incompatibles con la vida” me ha impactado.

Por aquí estamos comenzando un nuevo curso. Cada comienzo o reencuentro con la realidad cotidiana y rutinaria suele poner en pie los propios fantasmas y temores; quizá porque también se despiertan todas las ilusiones y motivaciones para ponernos en camino y siempre hay algún dragón que quiere devorarlas o al menos dar un buen zarpazo.

Todo se vale. Todo forma parte de la vida. No hay mucha elección. Pero es vital (nunca mejor dicho) mantenernos bien alerta para que no anide nada “incompatible con la vida”. Esto de convivir con nuestras heridas y hasta amarlas puede sonar aséptico, racional y limpio (¡y hasta romántico!) pero no es más que una manera sofisticada de narrar una muerte anunciada o consumada. No lo permitas. Intentémoslo al menos. Heridas sí, pero siempre, siempre, compatibles con la vida.

 

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Vivir la Transfiguración como prueba

Pocas veces asociamos la Transfiguración con la prueba, el desierto o la tentación. Y a mí, al menos, me hace bien pensarlo así.

La prueba de la Transfiguración es vivir ese momento de la vida en que ves con claridad donde te han llevado tus decisiones, tus actitudes, tu libertad y tu obediencia. Miras para atrás y te das cuenta que en lo fundamental no hay marcha atrás; miras para delante y sabes que quedan dos opciones:

  • abandonar es traicionarte a ti misma y a todo lo que te ha dado sentido
  • continuar es entrar de lleno en el sufrimiento y el abandono

Es la prueba interior. El mayor desierto. La tentación más inevitable. Ser tentado es la otra cara de ser libre. ¿Sigo adelante fiel a lo que en su día vi con claridad o me pliego a lo que pareciera más lógico, más exitoso, más reconocible por los poderes del momento?

Cuentan los amigos de Jesús que cuando uno vive así, fiel, como Él, recibe el regalo de la luz y la verdad más honda, la que sólo podemos conocer cuando nos es dada. Nos transfigura. Y cuentan también que la tentación vuelve siempre pero la Luz recibida en la Transfiguración, si ha sido verdadera, es una belleza que ya no pierdes nunca. Ni en la Cruz.

Transfigúranos contigo, si llega el momento…

 

Quisieron enterrarnos (en torno al Corpus)

No sabían que somos semilla. Por eso quisieron enterrarnos y nos entierran. Tantas veces. Lo importante es que no olvidemos nosotros que somos semilla. Y somos semilla, somos posibilidad, somos fruto. Pongamos que somos pan… ¿Por qué no? No es mal proyecto, no? Semillas que serán pan… aunque a veces nos entierren.

Más aún: sólo si en alguna manera nos entierran. Aunque duela.

Y así, con Casaldáliga, el poeta, volver a contemplar y adorar, desear cada año:

“Unidos en el pan los muchos granos

iremos aprendiendo a hacer la unida

Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.

Comiéndote sabremos ser comida”.

Vente (si puede ser inmediatamente)

¿Sabes esa sensación de desear mucho, mucho, mucho que algo ocurra, que alguien venga?, ¿esas ganas en el estómago y en la garganta y esa inquietud serena deseando que venga esa persona, ese encuentro, esa fuerza, ese respiro?

Ven, hazte presente, vente, que te necesito aquí en el frente… Ven, hazte presente. Vente, dejo la puerta abierta por si llegas de repente… Vente, vente, vente, para que yo te pueda ver y tocar… Vente y quédate… pon tu vida cerca de la mía para que yo te pueda ver y tocar…

Espíritu Santo, ven… Tu, Espíritu, sea como sea, ¡vente, vente, vente, vente…!

Prohibido pisar la hierba

prohibido pisar cesped mingote

Grande Mingote…

¡Y cuánta hierba!… ¡Y cuánto prohibido!… ¡Y qué pocas veces seguimos adelante sin aspavientos, sin hacer bronca, sin violencia, sin dramatismos, sin victimas ni verdugos!…

Sólo tomar un poquito de altura y esa elegante distancia para no enquistarse en lo prohibido y sobre todo, que no consigan amargarte el paseo. ¿No?

¿Tropezar con la misma piedra… o aprender?

Un guerrero de la luz sabe que ciertos momentos se repiten. Con frecuencia se ve ante los mismos problemas y situaciones que ya había afrontado; entonces se deprime, pensando que es incapaz de progresar en la vida, ya que los momentos difíciles reaparecen.
– “¡Ya pasé por esto!”, se queja él a su corazón.
– “Realmente tú ya lo pasaste – responde el corazón -, pero nunca lo sobrepasaste”.
El guerrero entonces comprende que las experiencias repetidas tienen una única finalidad: enseñarle lo que no quiere aprender.

(Guerrero de la Luz, Paulo Cohello)

Despacio… camina… vive

«Antes de la redención era el fondo del mar una cárcel y no un camino. Pero Dios convirtió el abismo en camino» [S. Gregorio Magno]

Se cree en el Resucitado -también- cuando se sigue adelante despacio, despacio…

Y cuando no se deja de caminar… aunque sea despacio. Cada cual a su ritmo.

Y, sobre todo, cuando no se deja de vivir. No sólo estar vivo. Ni sobrevivir. Sino vivir y una vida en abundancia. La que todos queremos.

Despacio… Calma… Respira… Sonríe si puedes… No dejes de vivir.

Yo creo en Jesús. Yo creo en el Resucitado

(solo se puede creer en primera persona del singular)

Creo en la Iglesia. En esta, que es la única que hay

(sólo se puede creer con otros, con todos, sin elegir)

Permanece… Despacio… Respira… Da y recibe… Abre… Suelta y deja ir… Despacio… Camina…

Vive

¡Anda, levántate!

Es un clásico: el miedo nos mata. Nos agarrota. Nos deja viviendo medio muertos. Y a veces hasta medio matamos a los que quedan cerca, que de todos es sabido eso de “Señor, ya huele mal, que lleva cuatro días muerto”…

Es un clásico: la fe mueve montañas, pero nadie se resucita a sí mismo. Ni siquiera Jesús. Lo resucitó el Padre. Nos resucitan los que nos quieran, los que lloran al vernos morir, los que siguen creyendo en nosotros, aun en el sepulcro. -esos nos resucitan.

Y la canción de esta semana, también un clásico: ¡anda, levántate y anda! Bien podríamos cantársela a Lázaro, el conocido amigo de Jesús. O a nuestros Lázaros más cercanos. O él, resucitado, cantarnos a nosotros eso de:  … ¡para que tengas vida!… ¡Anda, levántate!

No tengas miedo, tú no te rindas no pierdas la esperanza.

No tengas miedo, yo estoy contigo en lo que venga… y nada

puede ni podrá el desconsuelo retando a la esperanza.

Anda… levántate y anda.
No tengas miedo, no desesperes no pierdas la confianza.

No tengas miedo, yo voy contigo siempre y a donde vayas.

No dejes que envejezca un solo sueño cosido a alguna almohada

Anda… levántate y anda.
No tengas miedo, yo te sujeto sólo confía y salta.

No tengas miedo, voy a cuidarte te alzaré cuando caigas.

Siempre puedes empezar de cero Yo lo hago todo nuevo.

Anda… levántate y anda.

Tú eres mi sueño y mi causa no pienses que voy a dejarte caer

voy a despertarte y estaré a tu lado para que cada día sea un nuevo renacer.

Y para que tengas vida!… Anda! Levántate!

Asuntos pendientes… ¡y mucha luz!

A ver: ¿a ti qué es lo que no te deja ver bien? Todos vamos un poco ciegos por la vida, no? No es una reflexión moral: es una constatación… un clamor… un anhelo…  Sobre todo cuando lo que nos impide ver bien, lo que nos deja a oscuras, son asuntos pendientes; es decir, todo aquello que no hemos digerido bien, que nos ha hecho daño, que no hemos sabido pasar página, que no hemos podido perdonar….

Y vamos como al Ciego del Evangelio. Un poco de música para cantar que hoy es un buen día para liberarnos de asuntos pendientes que nos quitan luz. ¿Te parece?

Miré dentro y pensé que algo debe cambiar,
No puedo caminar con rencor en la piel y en los ojos la sal.
Confiar otra vez en la humanidad,
Disfrutar de tus besos, oler en tus manos toda tu bondad.
Lo cierto es me hiciste mal. Lloré ríos, bebí crueldad.
Me equivoqué, no supe amar, quiero aprender, andar en la verdad.
Encontrar la razón de las horas perdidas,
Entender el perdón como un gesto de amor para toda la vida.
Aceptar que hoy es hoy y que ayer fue pasado,
Que aprender a vivir es saber descubrir que el futuro está actuando.
Olvidar el dolor de palabras hirientes
Y cambiar la razón ojos que no te ven corazón que te siente.
Entregarme a la luz cuando llegue el momento
Y buscarte en mi alma, encontrarte,
Saber y sentir que no tengo asuntos pendientes.
Asuntos pendientes…
No quiero que me duelas más, ni esperar nunca nada de ti.
Quererte así sin disfrazar, dejando a un lado el mal que viví…
Encontrar la razón de las horas perdidas,
Entender el perdón como un gesto de amor para toda la vida.
Aceptar que hoy es hoy y que ayer fue pasado,
Que aprender a vivir es saber descubrir que el futuro está actuando.
Olvidar el dolor de palabras hirientes
Y cambiar la razón ojos que no te ven corazón que te siente.
Entregarme a la luz cuando llegue el momento
Y buscarte en mi alma, encontrarte,
Saber y sentir que no tengo asuntos pendientes.
Asuntos pendientes…

Seamos Pastillas potabilizadoras

Mucha bufa, mucha palabra fuera de tono, mucho trago de agua contaminada que vamos sorbiendo a poquitos y así… casi, casi, lo bebemos sin darnos cuenta. Pero siempre hay alguien o algo (si estás un poquito atento) que te hace sentir incómodo, que te deja mal sabor de boca y entonces te preguntas: ¿qué estoy bebiendo?

Y escuché ayer a alguien que nos invitaba a ser “pastillas potabilizadoras” en estos días cotidianos: entre cercanos y no tanto, en el ámbito público y en el privado, en lo pequeño y en lo grande…Porque si seguimos así, acabaremos todos sin sed, bien hartos, pero con el estómago más que atrofiado, contaminados y con el sentido gustativo atrofiado. Ese sentido que nos permite calibrar lo amargo y lo dulce, lo salado, lo luminoso y lo tosco… va a terminar por atrofiársenos personal y socialmente como sigamos así. Y será una pena.

Ya no vale sólo con “no contaminar” y mirar para otro lado o huir de conversaciones zafias, violentas o mentirosas. Hace falta potabilizar. Y podemos hacerlo. Ojalá.