Embarcarse, salir, crecer… ¡la vida!

Hay “salidas” que una espera, prepara, teme…., en definitiva, cuenta con ellas aunque siempre nos descoloquen en algún sentido.

Y hay otras “salidas” que vienen sin que te de tiempo a esperarlas, prepararlas, temerlas. En el mejor de los casos, sólo puedes elegir embarcarte o quedarte en tierra, tomar el tren o perderlo. Y no es poco, porque hay salidas que ni siquiera te preguntan, como una enfermedad, la muerte de alguien que forma parte de ti, las decisiones de terceros sobre tu vida…

Un 22 de febrero de 1852, la M. París sale del puerto de Barcelona junto a otras mujeres jóvenes como ella que se habían unido a su aventura. “Salían” para Cuba y dejaban todo lo que conocían. Sólo sabían que allí estaba el P. Claret esperándolas para ayudarle en la Isla. Imaginaréis que todo lo que comenzó con ese embarque no voy a contarlo ahora. Sólo quiero agradecer que eligieran salir. Posiblemente ellas no hubieran elegido un plan así. Posiblemente muchas de las cosas que tuvieron que vivir hasta llegar a Cuba y en el inicio de su misión allí, ni siquiera respondía a lo que Dios quería. De ellas sólo dependió acoger el momento. Casi todo les fue dado (la tripulación, la fecha, el como, el hacia dónde…). Excepto acogerlo y salir. Y convertir la salida en más vida, en una nueva etapa, en crecimiento.

Agradezcamos todas las “salidas” que nos han hecho ser lo que hoy somos. Nos han ayudado a crecer, nos han hecho más humanos, nos han quitado miedos, nos han puesto en contacto con otras personas, nos han suavizado prejuicios… En lo personal, y en lo familiar, comunitario, eclesial…

Y sobre todo pidamos a Dios que la oscuridad o el deslumbre de luz de algunos de nuestros escenarios actuales no nos impidan ver las señales de salida que nos rodean y esperan que nos decidamos a embarcarnos sin tener apenas seguridad de dónde llegaremos, cómo y para qué. ¡Mar adentro!

 

 

 

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Ancla del alma

La esperanza que se nos ha prometido es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró por nosotros, como precursor, Jesús, sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec (Hb 6, 18-20)

Habré leído muchas veces este pasaje y no soy consciente de haberme dado cuenta de la fuerza de esta imagen: la esperanza es un ancla que agarra nuestra alma en Dios mismo. ¡Qué curioso! Justo allí, tras la cortina del Sancta Sanctorum, donde sólo el Sumo Sacerdote podía entrar; justo allí tenemos un ancla que enraíza nuestra alma, lo que somos más profunda y genuinamente cada uno. Nuestra esperanza.

Y como me gusta conocer el significado de las palabras en la RAE y jugar con ellas, he ido a buscar qué dice de la palabra “ancla”:

1. f. Instrumento de hierro formado por una barra de la que salen unos ganchos, que, unido a una cadena, se lanza al fondo del agua para sujetar la embarcación. U. t. en sent. fig.

2. f. Arq. Pieza de metal duro que se pone en el extremo de un tirante para asegurar la función de este, y en general cualquier elemento que una o refuerce las partes de una construcción.

  • La esperanza nos sujeta como barra de hierro. Solo necesitas arrojarla al mar, a la vida… Si la guardas en ti, seguirá intacta y pulida pero no te sujetará a nada mas que a ti mismo. Y será ahí, en el fondo del mar, de la vida, donde no ves ni haces pie ni sabes qué ocurre… donde te sujetará a Dios. No a otra cosa ni a otras seguridades. A Dios.
  • La esperanza asegura que cumplamos la función que nos es propia. Que seamos quien somos, quien estamos llamados a ser. Por eso nunca divide, sino que refuerza, une extremos, incluso lo humano y lo divino, nos une a Dios.
  • No hacen falta ritos ni Sumos Sacerdotes, ni sacrificios ni holocaustos. Solo la esperanza prometida.

Y lo que no te una, sujete, refuerce  o no te facilite ser más tú mismo… no es de Dios. No es esperanza de la buena, la de Dios.

Noche de Reyes: aprender a esperar con alegría

Es bonito terminar las fiestas de Navidad con la celebración de los Reyes Magos. No me refiero exactamente al sentido litúrgico, que es otro. Me refiero al sentir popular, al menos por esta parte del mundo, que tanto se celebran los Reyes: regalos, magia, ilusión… Pero lo que creo más importante de este modo de vivir la Epifanía por aquí es pasar unas horas (o unos días) como si creyéramos sabiendo que no es verdad. Y a la vez no convertirlo en ingenuidad o engaño. ¿No os parece mágico?

Celebramos que ser como niños nos permite creer que todos somos suficientemente buenos como para recibir regalos. Y los adultos tan generosos como para perder horas y nervios buscando el mejor regalo posible para quienes queremos y nos quieren.

La espera de la Noche de Reyes es lo más parecido que se me ocurre a la esperanza escatológica, esa que decimos vivir los cristianos durante todo el año: esperando con todo nuestro ser el mejor de los regalos, en sana tensión, con alegría, con deseos de ser cada vez mejores personas, con capacidad para dejarnos llevar por la Estrella y no por otras luces, sabiendo ante quién merece la pena arrodillarse y ante quién no y con la sabiduría de volver por otro lugar (como los Magos) porque siempre hay Herodes dispuestos a matar lo mejor de nosotros si se sienten amenazados.

Regalemos. Esperemos. Que nadie nos haga pensar que no somos suficientemente buenos como para no recibir regalos en la vida. Que nadie nos parezca indigno de recibir algún don.

Feliz Noche de Reyes Magos. Que nada ni nadie nos mate la esperanza y las ganas de regalarnos.

 

 

De vacíos y esperanzas

Cada vez es más frecuente encontrar Belenes completos desde el inicio de Adviento. No, no hablo de centros comerciales (eso es otra historia). Hablo de centros cristianos, comunidades religiosas, colegios y universidades.

Me refiero a perdernos esa tradición que yo no conocí hasta llegar al Noviciado: se pone el Belén pero no hay Niño. Hay vacío. Se hace hueco. Se espera. Se echa en falta.

Y lo echo de menos. La fuerza del vacío, de una cuna vacía, de un espacio incompleto entre pajas, de un “no hay nada” en el lugar al que todos dirigen la mirada.

Como María, la Virgen “en estado de buena esperanza”, que sabe como nadie de vacíos y huecos, porque sabe que viene. Ella miraría de otro modo el espacio abierto con José para que el Niño naciera.

Ya viene… ya viene… Todo huele a Él. Podemos mirar con ojos nuevos todos los vacíos y ausencias de nuestra vida.

Mujeres, hombres… y teología

Hace unos días disfrutamos la brillante defensa doctoral en Teología de una compañera. El principal eco es alegrarnos por el jugoso espacio de intercambio teológico que el Tribunal nos permitió saborear. Gracias por ir al fondo y no quedarse en opiniones, gustos o apreciaciones personales.  Pero junto a él no puedo dejar de pensar 3 aspectos:

  • El rigor científico es para todo el que puede y quiere pero hay matices y acentos que una mujer puede aportar y un varón raramente haría. Y viceversa. El saber teológico también necesita enriquecerse y complementarse con otros modos de pensar. ¡Qué pena que aún se haga tan pocas veces!
  • Ver a una Superiora General emocionarse porque una hermana suya ha logrado terminar el Doctorado, y sabe bien que no se valora la cantidad de esfuerzo y dedicación (también espiritual) que esto conlleva, no tiene precio. Es de agradecer que se mantenga año tras año la decisión tomada como opción congregacional y apostólica, no como “salida fácil” cuando no sabes que hacer con alguien o para dar imagen de modernidad (hueca).
  • Agradezco que toda persona con relieve social y/o eclesial diga públicamente que la presencia de mujeres en la Iglesia y concretamente en la teología sigue siendo precaria. Pero me cuesto muchísimo ver cómo varones con capacidad de tomar decisiones institucionales aprovechen espacios públicos para recriminar a “las monjas o religiosas” la poca dedicación al estudio y a la investigación y docencia teológica. Solo hay que mirar las estadísticas y comprobar cuántas doctoras (no doctores) en teología son finalmente contratadas para ejercer tal capacitación en las universidades eclesiales… Bastante pocas.

¿Cual es el siguiente paso?, ¿acaso está en manos de las Congregaciones dedicar hermanas al estudio y docencia teológica si no van a ser contratadas?, ¿hasta cuándo mantendremos el doble (y bien intencionado) discurso de que las mujeres deben ocupar mayores espacios eclesiales y a la vez no cambiar las estructuras que deciden dónde están las mujeres y dónde no?

Es asunto de todos. Mujeres, hombres y…  viceversa.

Pero en todo caso, alegrémonos: hoy hay una nueva doctora en la Iglesia y para el mundo. 

 

Molinos y gigantes

No sé si es más cuerdo ver gigantes o molinos de viento. No sé si es mejor escuchar a quien te intenta entrar en razón “de lo razonable” o dejarse llevar de la pasión. No sé cuánto de quijotes y sanchos debemos tener para acometer la vida. También puede que algo de dulcineas podamos tener todos -y todas-.

Pero de lo que no tengo duda es que haber gigantes haylos. Y que no pocas veces nos mueve el miedo y no la cordura para dejarlos seguir dando golpes con sus brazos -aunque sean aspas-. Y que más nos valdría retirarnos en oración y no molestar a quienes se atreven a poner su vida en juego contra tales villanos -y villanas-.

Porque la batalla, vive Dios, es tan fiera como desigual. Y en esto indistinto es que sean gigantes o aspas. Otro día ensalzaremos al buen Sancho, tan necesario al lado. Pero hoy, dejadme que agradezca el quijotismo cotidiano tan imprescindible que -a veces- la vida nos pone cerca para gritar: ¡Non fuyades, cobardes!

“En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
–La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
–¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.
–Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
–Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
–Bien parece –respondió don Quijote– que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:
–Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.”

Pequeños y gigantes

Somos pequeños. No sé si enanos, pero pequeños. Al menos yo soy pequeña.

Casi todo nos viene grande. Al meno a mí, casi todo me viene grande.

Y aunque en el fondo sabemos que no es verdad, muy frecuentemente la realidad se pinta en blanco y negro.

Sólo necesitamos que alguien nos preste una brizna de color, una pizca de tiza roja o verde o amarilla o azul o como sea…

Y, entonces, algunas veces, se produce ese milagro. Y sin saber muy bien cómo, cogemos perspectiva, miramos atrás y vemos que hemos llegado mucho más alto de lo que sería esperable con nuestra sola capacidad. De lo que sería “normal”.

Seguimos siendo pequeños. Pero, a veces, hay manos que nos empujan y (casi) nos hacen volar. Tímida y sencillamente. Lo suficiente para recordarnos que es posible, es bueno, es bello y es verdadero.

El fin del mundo

  • Un tren lleno. Un pavo que me saca varios palmos de cuerpo. Tumbado y repanchingando en su asiento y parte del mío. Me ve llegar y con cara de fastidio salta al suyo para retomar la postura, aunque ahora mas pegado a la ventanilla. El movil suena a todo volumen sin pudor.
  • Dos asientos mas adelante un señor dormita tumbado (ahora sí, literalmente) en las dos butacas. El dueño legitimo del billete pregunta con delicadeza si puede sentarse en su sitio. Se despereza, bosteza, se estira y pregunta: dónde estamos?
  • Detrás, una señora comenta el periódico: presidente del gobierno que hizo una tesis copiando, el de la oposición sacó convalidados dos años de estudio en lo que dura un recreo, una ministra grabada con un delincuente llamando maricón a un juez y presumiendo de igualdad se genero y tolerancia… y que miente y desmiente con la misma rapidez que salen nuevas evidencias sobre su caso.
  • Me pregunto si tal nivel de cutrez humana en la política es reflejo o causa de la cutrez cotidiana en que me muevo.
  • Ademas de ocupar mi lugar con calma y contemplar con estupor el nivel de no-educación cada vez más reinante bajo capa de supuesta normalidad, libertad de expresión, autonomía y otras lindezas, ¿qué puedo hacer?
  • El de mi derecha, al otro lado, me mira escribir y se sorbe los mocos sonoramente. Una y otra vez. Y otra. ¿Me está respondiendo o sólo se acerca el fin del mundo en modo Torrente?
  • Necesito una buena dosis de “buenagenteagradable” con urgencia.