Resucitar: no ha cambiado nada y todo es distinto

La tempestad sigue ahí fuera.

La barca sigue hecha de la misma madera y el agua sigue amenazando con hundirla.

No ha cambiado nada, prácticamente.

Las mismas noticias de hace días, las mismas violencias, las mismas envidias, las mismas ausencias, los mismos vacíos, las mismas tristezas, los mismos dolores, la misma Mentira.

El mismo mundo. La misma Iglesia. La misma comunidad. La misma familia. Y yo, la misma, en la misma barca.

Pero creo que Él ha resucitado y nos resucita.  Y eso lo hace todo distinto.

Estamos en Sus Manos. La barca, el agua y las olas, todo es Suyo. El lo sabe. El lo sabe todo. Sabe que tenemos miedo y demasiados agujeros en la barca.

El sabe que le queremos. Sabe que le quiero. Gracias a Dios.

Y eso hace que todo sea distinto, aunque no ha cambiado casi nada.

Anuncios

¡Vuelva la Vida!

La vida de Jesús ,Nerina Canzi 2015

Y así dijo el Señor: “¡Vuelva la Vida,

y que el Amor redima la condena!”

La gracia está en el fondo de la pena,

y la salud naciendo de la herida.

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria.

Amén.

(Imagen: Nerina Canzi)

¡Qué grande eres!

Últimamente lo oigo mucho. Como un elogio, como un deseo, como un valor. Y lo dice gente buena, personas a las que quiero mucho incluso. Pero últimamente siento que algo por dentro me rechina al escucharlo. No sabría decir por qué. ¿Envidia? -dirán algunos-. Podría ser pero creo que no.

En la sencilla celebración de Domingo de Ramos donde participé este año, me resonó de nuevo. Llovía bastante. En la capilla de un campus vacío, quizá no éramos más de 25 para la bendición de Ramos. Nada te llevaba a gritar ¡Hosanna! enfervorecida. Y tampoco escuchando las lecturas y la Pasión me surgía por dentro gritar a Jesús: ¡Grande!

Y cada año lo mismo. Aparentemente, al menos.

No sé qué tenemos en la cabeza cuando decimos que alguien es muy grande o cuando nos parece que es una meta en la vida, por mucho que repitamos frases hechas aprendidas: “no, gracias… tú sí que eres grande…, no, grandes vosotros…”

¿Grande? La realidad te devuelve la verdad, a veces como una solemne bofetada. Y entra Jesús en un burro mientras los niños (¡los niños de la calle!) le aclaman. La escena no deja de ser dantesca y dramática cuando miras el cuadro completo.

Huyo de los “grandes”. También de los “humildemente grandes”. Peor. Quizá es una etapa y se me pasará. Pero hoy me produce urticaria. Y yo misma de “grande” también me la produzco. Hay tanto “grande” admirable que no pasaría la prueba de la intrahistoria, de la bondad con los de casa, de la coherencia cuando nadie mira, de los que priorizan qué necesita el conjunto antes que su pequeño grupito de incondicionales o las propias ganas o los sueños personales…

Me quedo con el de la borriquilla. Entre el ridículo y la ternura. Supo lo que tenía que hacer y quiso hacerlo. A ver si soy capaz de quedarme toda la Semana (Vida) con Él… a un ladito.

Lo humano y lo inhumano

Los términos “hombre” y “humano” son, en efecto, singularmente equívocos; en ellos se entrelazan lo elevado y lo vil, lo noble y lo ordinario, lo banal y lo extraordinario. “Con la expresión: Eso es humano, se disculpa todo en la actualidad. Los matrimonios se rompen: eso es human. La gente bebe: eso es humano. Se copia en un examen o se hacen trampas en un concurso: eso es humano. Muchos destrozan su juventud con los vicios: eso es humano. Uno tiene celos: eso es humano. Se defrauda: eso es humano. No hay vicio que no se disculpe con esta fórmula. Así, con la palabra “humano” se designa aquello que es más caduco y vil en el hombre. En ocasiones se convierte incluso en sinónimo de “animal”. ¡Qué forma de hablar tan singular! Pues lo humano es justamente aquello que nos diferencia de los animales. Lo humano es la razón, el corazón, la voluntad, la conciencia, la santidad. ¡Eso es humano!” (Card. J. G. Saliége, citado por W. Kasper en Jesús el Cristo, 301-302)

transfiguracion

Nerina Canzi

Por alguna razón me venía hoy este texto a propósito de la escena de la Transfiguración de Jesús. Quizá porque Jesús se muestra luminoso en puertas de la gran oscuridad de su Pasión.

Quizá porque las noticias -por desgracia- no dejan de hablarnos de inhumanidad y violencia. Quizá porque en Cuaresma se nos invita a elegir la luz y abandonar las tinieblas.

Quizá porque Jesús, el Hijo de Dios, es también esa Humanidad nueva real y cierta que nos dice una y otra vez que ser -de verdad- humano es bueno y bello y verdadero y merece la pena.

Celebrar la Transfiguración es contemplar y callar. Acompañar, si somos capaces. Adorar. Pero también puede ser un ejercicio para desear la luz y la verdadera humanidad. Esa que no nos permite pactar con ningún demonio, ni propio ni ajeno y a la vez nos lanza a amar cada vez más y mejor, lo humano. Lo más humano de Dios y  de nosotros mismos.

Embarcarse, salir, crecer… ¡la vida!

Hay “salidas” que una espera, prepara, teme…., en definitiva, cuenta con ellas aunque siempre nos descoloquen en algún sentido.

Y hay otras “salidas” que vienen sin que te de tiempo a esperarlas, prepararlas, temerlas. En el mejor de los casos, sólo puedes elegir embarcarte o quedarte en tierra, tomar el tren o perderlo. Y no es poco, porque hay salidas que ni siquiera te preguntan, como una enfermedad, la muerte de alguien que forma parte de ti, las decisiones de terceros sobre tu vida…

Un 22 de febrero de 1852, la M. París sale del puerto de Barcelona junto a otras mujeres jóvenes como ella que se habían unido a su aventura. “Salían” para Cuba y dejaban todo lo que conocían. Sólo sabían que allí estaba el P. Claret esperándolas para ayudarle en la Isla. Imaginaréis que todo lo que comenzó con ese embarque no voy a contarlo ahora. Sólo quiero agradecer que eligieran salir. Posiblemente ellas no hubieran elegido un plan así. Posiblemente muchas de las cosas que tuvieron que vivir hasta llegar a Cuba y en el inicio de su misión allí, ni siquiera respondía a lo que Dios quería. De ellas sólo dependió acoger el momento. Casi todo les fue dado (la tripulación, la fecha, el como, el hacia dónde…). Excepto acogerlo y salir. Y convertir la salida en más vida, en una nueva etapa, en crecimiento.

Agradezcamos todas las “salidas” que nos han hecho ser lo que hoy somos. Nos han ayudado a crecer, nos han hecho más humanos, nos han quitado miedos, nos han puesto en contacto con otras personas, nos han suavizado prejuicios… En lo personal, y en lo familiar, comunitario, eclesial…

Y sobre todo pidamos a Dios que la oscuridad o el deslumbre de luz de algunos de nuestros escenarios actuales no nos impidan ver las señales de salida que nos rodean y esperan que nos decidamos a embarcarnos sin tener apenas seguridad de dónde llegaremos, cómo y para qué. ¡Mar adentro!

 

 

 

Ancla del alma

La esperanza que se nos ha prometido es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró por nosotros, como precursor, Jesús, sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec (Hb 6, 18-20)

Habré leído muchas veces este pasaje y no soy consciente de haberme dado cuenta de la fuerza de esta imagen: la esperanza es un ancla que agarra nuestra alma en Dios mismo. ¡Qué curioso! Justo allí, tras la cortina del Sancta Sanctorum, donde sólo el Sumo Sacerdote podía entrar; justo allí tenemos un ancla que enraíza nuestra alma, lo que somos más profunda y genuinamente cada uno. Nuestra esperanza.

Y como me gusta conocer el significado de las palabras en la RAE y jugar con ellas, he ido a buscar qué dice de la palabra “ancla”:

1. f. Instrumento de hierro formado por una barra de la que salen unos ganchos, que, unido a una cadena, se lanza al fondo del agua para sujetar la embarcación. U. t. en sent. fig.

2. f. Arq. Pieza de metal duro que se pone en el extremo de un tirante para asegurar la función de este, y en general cualquier elemento que una o refuerce las partes de una construcción.

  • La esperanza nos sujeta como barra de hierro. Solo necesitas arrojarla al mar, a la vida… Si la guardas en ti, seguirá intacta y pulida pero no te sujetará a nada mas que a ti mismo. Y será ahí, en el fondo del mar, de la vida, donde no ves ni haces pie ni sabes qué ocurre… donde te sujetará a Dios. No a otra cosa ni a otras seguridades. A Dios.
  • La esperanza asegura que cumplamos la función que nos es propia. Que seamos quien somos, quien estamos llamados a ser. Por eso nunca divide, sino que refuerza, une extremos, incluso lo humano y lo divino, nos une a Dios.
  • No hacen falta ritos ni Sumos Sacerdotes, ni sacrificios ni holocaustos. Solo la esperanza prometida.

Y lo que no te una, sujete, refuerce  o no te facilite ser más tú mismo… no es de Dios. No es esperanza de la buena, la de Dios.

Noche de Reyes: aprender a esperar con alegría

Es bonito terminar las fiestas de Navidad con la celebración de los Reyes Magos. No me refiero exactamente al sentido litúrgico, que es otro. Me refiero al sentir popular, al menos por esta parte del mundo, que tanto se celebran los Reyes: regalos, magia, ilusión… Pero lo que creo más importante de este modo de vivir la Epifanía por aquí es pasar unas horas (o unos días) como si creyéramos sabiendo que no es verdad. Y a la vez no convertirlo en ingenuidad o engaño. ¿No os parece mágico?

Celebramos que ser como niños nos permite creer que todos somos suficientemente buenos como para recibir regalos. Y los adultos tan generosos como para perder horas y nervios buscando el mejor regalo posible para quienes queremos y nos quieren.

La espera de la Noche de Reyes es lo más parecido que se me ocurre a la esperanza escatológica, esa que decimos vivir los cristianos durante todo el año: esperando con todo nuestro ser el mejor de los regalos, en sana tensión, con alegría, con deseos de ser cada vez mejores personas, con capacidad para dejarnos llevar por la Estrella y no por otras luces, sabiendo ante quién merece la pena arrodillarse y ante quién no y con la sabiduría de volver por otro lugar (como los Magos) porque siempre hay Herodes dispuestos a matar lo mejor de nosotros si se sienten amenazados.

Regalemos. Esperemos. Que nadie nos haga pensar que no somos suficientemente buenos como para no recibir regalos en la vida. Que nadie nos parezca indigno de recibir algún don.

Feliz Noche de Reyes Magos. Que nada ni nadie nos mate la esperanza y las ganas de regalarnos.

 

 

De vacíos y esperanzas

Cada vez es más frecuente encontrar Belenes completos desde el inicio de Adviento. No, no hablo de centros comerciales (eso es otra historia). Hablo de centros cristianos, comunidades religiosas, colegios y universidades.

Me refiero a perdernos esa tradición que yo no conocí hasta llegar al Noviciado: se pone el Belén pero no hay Niño. Hay vacío. Se hace hueco. Se espera. Se echa en falta.

Y lo echo de menos. La fuerza del vacío, de una cuna vacía, de un espacio incompleto entre pajas, de un “no hay nada” en el lugar al que todos dirigen la mirada.

Como María, la Virgen “en estado de buena esperanza”, que sabe como nadie de vacíos y huecos, porque sabe que viene. Ella miraría de otro modo el espacio abierto con José para que el Niño naciera.

Ya viene… ya viene… Todo huele a Él. Podemos mirar con ojos nuevos todos los vacíos y ausencias de nuestra vida.

Mujeres, hombres… y teología

Hace unos días disfrutamos la brillante defensa doctoral en Teología de una compañera. El principal eco es alegrarnos por el jugoso espacio de intercambio teológico que el Tribunal nos permitió saborear. Gracias por ir al fondo y no quedarse en opiniones, gustos o apreciaciones personales.  Pero junto a él no puedo dejar de pensar 3 aspectos:

  • El rigor científico es para todo el que puede y quiere pero hay matices y acentos que una mujer puede aportar y un varón raramente haría. Y viceversa. El saber teológico también necesita enriquecerse y complementarse con otros modos de pensar. ¡Qué pena que aún se haga tan pocas veces!
  • Ver a una Superiora General emocionarse porque una hermana suya ha logrado terminar el Doctorado, y sabe bien que no se valora la cantidad de esfuerzo y dedicación (también espiritual) que esto conlleva, no tiene precio. Es de agradecer que se mantenga año tras año la decisión tomada como opción congregacional y apostólica, no como “salida fácil” cuando no sabes que hacer con alguien o para dar imagen de modernidad (hueca).
  • Agradezco que toda persona con relieve social y/o eclesial diga públicamente que la presencia de mujeres en la Iglesia y concretamente en la teología sigue siendo precaria. Pero me cuesto muchísimo ver cómo varones con capacidad de tomar decisiones institucionales aprovechen espacios públicos para recriminar a “las monjas o religiosas” la poca dedicación al estudio y a la investigación y docencia teológica. Solo hay que mirar las estadísticas y comprobar cuántas doctoras (no doctores) en teología son finalmente contratadas para ejercer tal capacitación en las universidades eclesiales… Bastante pocas.

¿Cual es el siguiente paso?, ¿acaso está en manos de las Congregaciones dedicar hermanas al estudio y docencia teológica si no van a ser contratadas?, ¿hasta cuándo mantendremos el doble (y bien intencionado) discurso de que las mujeres deben ocupar mayores espacios eclesiales y a la vez no cambiar las estructuras que deciden dónde están las mujeres y dónde no?

Es asunto de todos. Mujeres, hombres y…  viceversa.

Pero en todo caso, alegrémonos: hoy hay una nueva doctora en la Iglesia y para el mundo.