Queridos profes

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En estos días de volver a deshacer y rehacer leyes de educación, queridos profes, seguid abriendo ventanas no solo para los alumnos, sino para toda la sociedad.

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Mujeres, hombres… y teología

Hace unos días disfrutamos la brillante defensa doctoral en Teología de una compañera. El principal eco es alegrarnos por el jugoso espacio de intercambio teológico que el Tribunal nos permitió saborear. Gracias por ir al fondo y no quedarse en opiniones, gustos o apreciaciones personales.  Pero junto a él no puedo dejar de pensar 3 aspectos:

  • El rigor científico es para todo el que puede y quiere pero hay matices y acentos que una mujer puede aportar y un varón raramente haría. Y viceversa. El saber teológico también necesita enriquecerse y complementarse con otros modos de pensar. ¡Qué pena que aún se haga tan pocas veces!
  • Ver a una Superiora General emocionarse porque una hermana suya ha logrado terminar el Doctorado, y sabe bien que no se valora la cantidad de esfuerzo y dedicación (también espiritual) que esto conlleva, no tiene precio. Es de agradecer que se mantenga año tras año la decisión tomada como opción congregacional y apostólica, no como “salida fácil” cuando no sabes que hacer con alguien o para dar imagen de modernidad (hueca).
  • Agradezco que toda persona con relieve social y/o eclesial diga públicamente que la presencia de mujeres en la Iglesia y concretamente en la teología sigue siendo precaria. Pero me cuesto muchísimo ver cómo varones con capacidad de tomar decisiones institucionales aprovechen espacios públicos para recriminar a “las monjas o religiosas” la poca dedicación al estudio y a la investigación y docencia teológica. Solo hay que mirar las estadísticas y comprobar cuántas doctoras (no doctores) en teología son finalmente contratadas para ejercer tal capacitación en las universidades eclesiales… Bastante pocas.

¿Cual es el siguiente paso?, ¿acaso está en manos de las Congregaciones dedicar hermanas al estudio y docencia teológica si no van a ser contratadas?, ¿hasta cuándo mantendremos el doble (y bien intencionado) discurso de que las mujeres deben ocupar mayores espacios eclesiales y a la vez no cambiar las estructuras que deciden dónde están las mujeres y dónde no?

Es asunto de todos. Mujeres, hombres y…  viceversa.

Pero en todo caso, alegrémonos: hoy hay una nueva doctora en la Iglesia y para el mundo. 

 

Molinos y gigantes

No sé si es más cuerdo ver gigantes o molinos de viento. No sé si es mejor escuchar a quien te intenta entrar en razón “de lo razonable” o dejarse llevar de la pasión. No sé cuánto de quijotes y sanchos debemos tener para acometer la vida. También puede que algo de dulcineas podamos tener todos -y todas-.

Pero de lo que no tengo duda es que haber gigantes haylos. Y que no pocas veces nos mueve el miedo y no la cordura para dejarlos seguir dando golpes con sus brazos -aunque sean aspas-. Y que más nos valdría retirarnos en oración y no molestar a quienes se atreven a poner su vida en juego contra tales villanos -y villanas-.

Porque la batalla, vive Dios, es tan fiera como desigual. Y en esto indistinto es que sean gigantes o aspas. Otro día ensalzaremos al buen Sancho, tan necesario al lado. Pero hoy, dejadme que agradezca el quijotismo cotidiano tan imprescindible que -a veces- la vida nos pone cerca para gritar: ¡Non fuyades, cobardes!

“En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
–La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
–¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.
–Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
–Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
–Bien parece –respondió don Quijote– que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:
–Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.”

Pequeños y gigantes

Somos pequeños. No sé si enanos, pero pequeños. Al menos yo soy pequeña.

Casi todo nos viene grande. Al meno a mí, casi todo me viene grande.

Y aunque en el fondo sabemos que no es verdad, muy frecuentemente la realidad se pinta en blanco y negro.

Sólo necesitamos que alguien nos preste una brizna de color, una pizca de tiza roja o verde o amarilla o azul o como sea…

Y, entonces, algunas veces, se produce ese milagro. Y sin saber muy bien cómo, cogemos perspectiva, miramos atrás y vemos que hemos llegado mucho más alto de lo que sería esperable con nuestra sola capacidad. De lo que sería “normal”.

Seguimos siendo pequeños. Pero, a veces, hay manos que nos empujan y (casi) nos hacen volar. Tímida y sencillamente. Lo suficiente para recordarnos que es posible, es bueno, es bello y es verdadero.

El fin del mundo

  • Un tren lleno. Un pavo que me saca varios palmos de cuerpo. Tumbado y repanchingando en su asiento y parte del mío. Me ve llegar y con cara de fastidio salta al suyo para retomar la postura, aunque ahora mas pegado a la ventanilla. El movil suena a todo volumen sin pudor.
  • Dos asientos mas adelante un señor dormita tumbado (ahora sí, literalmente) en las dos butacas. El dueño legitimo del billete pregunta con delicadeza si puede sentarse en su sitio. Se despereza, bosteza, se estira y pregunta: dónde estamos?
  • Detrás, una señora comenta el periódico: presidente del gobierno que hizo una tesis copiando, el de la oposición sacó convalidados dos años de estudio en lo que dura un recreo, una ministra grabada con un delincuente llamando maricón a un juez y presumiendo de igualdad se genero y tolerancia… y que miente y desmiente con la misma rapidez que salen nuevas evidencias sobre su caso.
  • Me pregunto si tal nivel de cutrez humana en la política es reflejo o causa de la cutrez cotidiana en que me muevo.
  • Ademas de ocupar mi lugar con calma y contemplar con estupor el nivel de no-educación cada vez más reinante bajo capa de supuesta normalidad, libertad de expresión, autonomía y otras lindezas, ¿qué puedo hacer?
  • El de mi derecha, al otro lado, me mira escribir y se sorbe los mocos sonoramente. Una y otra vez. Y otra. ¿Me está respondiendo o sólo se acerca el fin del mundo en modo Torrente?
  • Necesito una buena dosis de “buenagenteagradable” con urgencia.
  • ¡Leocadia!

    Cada cierto tiempo necesito una dosis de Gloria Fuertes. Como se necesita un poco de sol o de aire fresco o de buena compañía en un parque. Y hay momentos que lo necesito más.

    Una dosis de Gloria. Dosis clásica esta vez.

    ¡VAYA ENCUENTRO!
    …Salgo corriendo atolondrada
    loca
    y tropiezo con Dios.
    -¿Dónde vas Leocadia?- Así suele llamarme-.
    Después… me convence en silencio,
    me convierte en paloma,
    me nombra caballera andante,
    me arma de paz y ciencia
    y me quita la gana de matarme.

    (Ilustración: Luisa Rivera)

    No quiero agujeros negros

    Al parecer hay un agujero negro en el espacio que crece más rápido que el resto, que se traga todo lo que se acerca, lo devora, lo engulle, lo anula. Seguro que hay más y no los conocemos. Hace unos meses, unos astrónomos australianos descubrieron este, “un monstruo que devora una masa como la de nuestro sol cada dos días”.

    Lo más asombroso -yo no lo sabía, al menos- es que brilla más que una galaxia entera. Si pudiéramos verlo nos parecería 10 veces más brillante que una luna llena, hasta el punto de impedir prácticamente que se vean el resto de estrellas en el cielo”.

    He decidido desconfiar de los brillos excesivos, sobre todo los que pretenden tragarse las estrellas que lo rodean. Cuanto más brillan, más engullen y más rápido crecen. He decidido no alimentarles. Ni dentro ni fuera de mí. Pero es difícil. Igual lo consigo… alguna vez.

    Y en el huracán no está Dios…

    Verdaderamente hay personas que funcionan como un huracán. Mucha fuerza, mucha violencia, mucho poder… pero ahí no está Dios.

    Otras funcionan como un auténtico terremoto. Y otras como un fuego. Pero tampoco ahí está Dios.

    Y a veces, gracias a Dios, te encuentras con personas que son una brisa suave y tenue. Al sentirla, quieres taparte el rostro con el manto por puro respeto, por puro agradecimiento. Y acabas poniéndote en pie y saliendo de tus propias cuevas.

    Esto ya lo cuenta un tal Elías. Es viejo. La cuestión es que, al menos yo, sabiendo que en esas personas o acciones no está Dios, sigo dándolas tanta importancia que pierdo un poco la vida y me malgasto. Y en eso, tampoco está Dios.

    Y digo yo: sabiendo que él no está ahí, ¿por qué permito tantas veces que se me cuelen y me encojan el alma? Hoy, al menos, hoy, elijo la brisa suave. Y lo demás, no me interesa.

     

    “Si…” Si lo vives así, has acogido el Espíritu…

    Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor
    pierde la suya y te culpan por ello;
    Si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,
    pero admites también sus dudas;
    Si puedes esperar sin cansarte en la espera,
    o, siendo engañado, no pagar con mentiras,
    o, siendo odiado, no dar lugar al odio,
    y sin embargo no parecer demasiado bueno, ni hablar demasiado sabiamente;

    Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu maestro;
    Si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
    Si puedes encontrarte con el triunfo y el desastre
    y tratar a esos dos impostores exactamente igual.
    Si puedes soportar oír la verdad que has dicho
    retorcida por malvados para hacer una trampa para tontos,
    O ver rotas las cosas que has puesto en tu vida
    y agacharte y reconstruirlas con herramientas desgastadas;

    Si puedes hacer un montón con todas tus ganancias
    y arriesgarlo a un golpe de azar,
    y perder, y empezar de nuevo desde el principio
    y no decir nunca una palabra acerca de tu pérdida;
    Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones
    para jugar tu turno mucho tiempo después de que se hayan gastado
    y así mantenerte cuando no queda nada dentro de ti
    excepto la Voluntad que les dice: “¡Resistid!”

    Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud
    o pasear con reyes y no perder el sentido común;
    Si ni los enemigos ni los queridos amigos pueden herirte;
    Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
    Si puedes llenar el minuto inolvidable
    con un recorrido de sesenta valiosos segundos.
    Tuya es la Tierra y todo lo que contiene,
    y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!

    (“Si…”, de Rudyard Kipling)