Ungidos… ¿con vicks vapoRub?

Es una palabra rara. No es coloquial, al menos. Literalmente, ungir algo es untarlo, pringarlo. Me trae recuerdos de infancia, cuando estábamos constipados o con tos y mi madre venía a darnos friegas de vicks vaporub. No quiero hacer propaganda gratis, pero ese momento era genial. Y creo que no lo era tanto por el ungüento en sí, sino por la mano de mi madre o de mi abuela acariciándonos el pecho, la espalda, la garganta y, a veces, ¡hasta los pies! Dicen que tal práctica no solo cura, sino que sobretodo protege y previene, te fortalece, te ayuda a respirar mejor.

La Palabra define a Jesús -entre otras cosas- como “el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38). No sé si resultará irreverente, pero mi recuerdo de infancia me ayuda a entender mejor la unción de Jesús. Y por analogía la nuestra, la de todos. No solo la de los llamados “consagrados” en la Iglesia, sino la de todo ser humano, creatura querida y acariciada por Dios desde el inicio.

Imagino a Dios Padre moldeando a cada nueva criatura desde el seno materno y ungiéndola con el Espíritu Santo, que da calor, fortalece, protege, sella. También con Jesús, niño en el vientre de María, como acabamos de celebrar en navidad, aunque enseguida se nos olvida cuando le contemplamos en el Jordán bautizándose o predicando por los caminos.

Imagino también a Jesús recibiendo la unción serena y luminosa antes de comenzar su misión tras recibir el bautismo de Juan. Nueva etapa. Nueva misión. Nuevos miedos. Nuevos sueños. No en vano, el siguiente paso serán las tentaciones del desierto. Ninguna unción nos lleva en volandas a predicar, a curar, a hacer milagros, a generar seguidores… Siempre hay que pasar por silencio, desierto, soledad y tentaciones. Es humano. Es lo de todos. Pero no es igual pasarlo con el calor de la unción en el pecho (vicks vaporub, con perdón, entiéndanme) y con el toque cálido de quien nos quiere y nos ha dado la vida.

No es igual ir por la vida y afrontar la vocación y la misión sin la mano del Padre sobre la cabeza y el ungüento del Espíritu Santo en el corazón. Vivir así también es ser como Jesús. Intentar vivir como vivió Él: ungidos, haciendo el bien y curando.

Todo lo demás, al final, no pasa de ser unciones para sentirnos como el Emperador, como un semidios alzado o como alguien que puede ejercer el poder dado de lo alto. No veo nada de esto en Jesús. Y menos en la escena del Bautismo. Ojalá aprendamos a vivirnos como criaturas y como bautizados (los que lo estemos) y como consagrados (los que lo estemos) desde dentro. Pasando por uno de tantos.

Elijo "perfección", aunque sea falsa

Las imágenes de Francisco reaccionando bruscamente en la plaza de San Pedro han dado la vuelta al mundo. Los comentarios en los medios fueron de lo más variopinto: “el Papa golpea a una mujer”, “manotazo del Papa”… Y he leído o escuchado respuestas tan duras que me han hecho daño: antiCristo, vergüenza de los cristianos, soberbio,…

Puedes estar de acuerdo o no con Francisco. Lo que me asusta es que estas reacciones estén causadas por este gesto del Papa. Ha pedido perdón. Ha saludado con cariño a millones de personas de todas las edades y colores. Ha expresado muchas veces que no le gusta recibir vasallaje en forma de besamanos (¡incluso por mera higiene!). Pero todo eso queda reducido a nada porque una noche, alguien de 83 años cansado y tironeado (con buena voluntad) hasta el punto de desequilibrarle, reaccionó con brusquedad e irritación.

Aunque no hubiera pedido públicamente perdón a la mañana siguiente (gesto que le honra y que no se ha publicitado con tanto empeño), a mi sí me representa un líder religioso (o político) que es humano, tanto para bromear, como para abrazar o para enfadarse. Por cierto, creo que hemos olvidado que el mismo Jesús se dejó llevar por la irritación desproporcionadamente en varias ocasiones. Una derribando las mesas de cambistas en el Templo y otra contra una pobre higuera que no daba fruto “porque no era tiempo de higos” (Mc 11, 12-14).

Sólo se me ocurre un modo de explicarlo. Curiosamente, con fe o sin ella, seguimos prefiriendo la perfección, aunque sea falsa. Personajes públicos impolutos, puros, irreprensibles,… aunque estén huecos y sus discursos sólo sean más de lo mismo. Ese que no incomoda a nadie y sonríe a todos, pero no aporta nada. Pasa con hombres y mujeres públicos, pero creo que nos pasa también a nosotros, hombres y mujeres de andar por casa. ¿Cómo explicar si no, esta especie de incapacidad para acoger debilidades humanas que todos tenemos y sin embargo, tragar con mentiras y fachadas “fake”?

Agachamos la cabeza ante corrupciones, robos, alianzas vergonzantes, acusaciones injustas, bulos, chismes… Y nos escandalizamos, muy dignos, ante una falta de paciencia o un arrebato violento.

Me asusta. Primero porque cada vez creo que menos en la perfección (¡no existe!). Y segundo porque, a la larga, huimos de la gente humana para los dirigentes y para nuestro entorno más inmediato. A la larga, repito, huimos de humanizarnos y elegimos mentirnos. Un desastre.

Inmaculada Concepción, Mujer

Siempre me asusta que a fuerza de ensalzar y dulcificar algo bueno, tanto lo “elevemos” que se convierta en coartada de otras cosas no tan deseables o justifique el status quo que lo perpetúa. Y esto me pasa con la fiesta de la Inmaculada Concepción y el lugar de la mujer en la Iglesia y en el mundo.

No me malinterpretes. Es una fiesta muy importante para mí. Quizá por eso he tenido que explicar tantas a veces por qué me gusta tanto. A muchos les suena a rancio, les recuerda a otros tiempos y a otro tipo de Iglesia. Esa que ensalza a María sobre todas las cosas pero luego no permite que las mujeres accedan a según qué servicios y ministerios. Esos tiempos en que “ser Purísima” solo tiene que ver con el sexto mandamiento pero apenas dice nada de corrupciones varias, mentiras, compromiso con la justicia…

No quisiera caer en eso. No quisiera hacer el juego a quienes piensan que por dar incienso y piropos a María Inmaculada vamos a perpetuar estereotipos femeninos dóciles y manipulables.

¿Sabes por qué me apasiona María Inmaculada? Porque creo que todos la necesitamos mucho. Necesitamos a alguien que defiende la vida por encima de todas las cosas y frente a todo tipos de males. La vida de verdad, la que crece dentro. 

Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese (Ap 12,4).

Alguien que se enfrenta al dragón puede ser todo menos melíflua y dulzona. Alguien que da vida, “da a luz”, y tal como están las cosas, no será alguien que baja la cabeza, calla y mira para otro lado. Su fuerza viene de dentro. De Dios. Esa es su “Pureza”. Eso es para mí María Inmaculada y así me invita a vivir.

Volar, lo que se dice volar… no vuelo

Sí, ya sé que no es la primera vez que comento mi pasión por @El_Kanka y @RozalenMusic, y por los dibujos de @72kilos. Pero es que, esta vez, todo encaja perfectamente.

Después de mucho tiempo sin escribir nada por aquí, toca volver a navegar. Y sí, sigue habiendo sargazos alrededor. Por eso, quiero apuntarme en la frente y en espejo de mi habitación algunas palabras clave. Ahora toca y elijo:

  • Volar, creer, cambiar, romper, dejar, quemar, soltar, coger impulso… ¡y a volar!

Por si te quieres apuntar…. 🙂


Volar, lo que se dice volar… volar, volar, volar, no vuelo…

Pero… desde que cambie el palacio por el callejón
desde que rompí todas las hojas del guion…
si quieres buscarme, mira para el cielo…
Pero desde que me dejé el bolso en la estación
Y le pegué fuego a la tele del salón
Te prometo hermano que mis suelas no tocan el suelo…
Solté todo lo que tenia y fui… Feliz
Solté las riendas y deje pasar…

No me ata nada aquí, no hay nada que guardar
Así que cojo impulso y a volar…
Lo que se dice volar, volar, volar, volar… no vuelo
Volar… lo que se dice volar, volar… Volar, volar, volar, no vuelo…
Pero desde que tiré las llaves ya no quiero entrar…

Hermanos/as que nos salvan

Tener hermanos/as te salva. A mí me ha salvado varias veces. Literalmente. No sé dónde estaría ni en qué estado si no hubiera sido por ellos, por ellas. Ahora, seguramente, enferma. Pero no lo estoy.

En todo caso, no iba a hablar de mí. En la vida -en general- tener hermanos/as te salva. Los que somos de familia numerosa lo sabemos. Te salva de tomarte a ti misma muy en serio, de creer que tienes “derechos” exclusivos, de pensar que son los otros quienes tienen que hacer las cosas, de sentirte sola, de gustarte demasiado, de no gustarte nada.

En todo caso tampoco quería hablar hoy de la vida en general. Hoy quería hablar de la Vida Religiosa o Vida Consagrada, como prefieras. Lo que yo vivo. Por distintas razones que no vienen a cuento, me he encontrado en estos últimos meses con diversas situaciones (en distintas Congregaciones) que nunca deberían haberse dado. Gente anciana que sufre destinos sin criterio apostólico ni fraterno, simplemente porque sí o porque caen como piezas de dominó al mover otras. Gente de mediana edad que no se encuentran en casa en su propia casa porque los parámetros, las reglas o los tiempos están pensados para otras edades y otras cabezas. Y así no se puede vivir… bien. Gente joven sujeta a discursos y prácticas esquizoides que acaban por sacar lo peor de ellos mismos y terminan echando fuera las ganas de vivir, de rezar, de amar y, a veces, hasta la vocación recibida (todo un pecado, por cierto, si nos creemos realmente que la vocación es de Dios y de nadie más).

No juzgo las intenciones. No juzgo nada. Sólo me lamento y pido a Dios que nos ayude a vivir, ¡a bien vivir! Pero la lamentación no es hoy el tema.

Hoy quiero hablar de la importancia, de la necesidad, de lo imprescindible que es tener hermanas o hermanos (en sentido fuerte, personal) dentro de las propias familias religiosas. Mujeres y hombres normales. Nada especial. Simplemente humanos. Simplemente buscadores de Dios. Mujeres y hombres que intentan vivir con honestidad su consagración y las circunstancias que les toca vivir. Puede que vivan en tu misma ciudad (si están en la misma comunidad ya es un regalo inmenso), pero quizá ni siquiera están en el mismo país que tú. No importa. Aquí la distancia no es decisiva. Lo decisivo es que sean hermanos, hermanas y tú lo sepas.

Porque hay momentos en la vida y en la Vida Consagrada que sólo nos salva saber que hay alguien que cree en ti, que está contigo, que te espera, que te acompaña, que es tu hermano, tu hermana. Ni padre/madre ni colega. Hermano. Hermana. Hay momentos que ni siquiera la oración. Ni el carisma. Ni siquiera la misión. Ni siquiera la fortaleza interior. Sólo saber que a pesar de algunos, tienes hermanas en algún lado del planeta que merecen la pena.

No tiene precio. No dejéis de invertir en ello, por favor, porque no veo nada que merezca más la pena que las personas. Gracias.

 

 

 

Resucitar: no ha cambiado nada y todo es distinto

La tempestad sigue ahí fuera.

La barca sigue hecha de la misma madera y el agua sigue amenazando con hundirla.

No ha cambiado nada, prácticamente.

Las mismas noticias de hace días, las mismas violencias, las mismas envidias, las mismas ausencias, los mismos vacíos, las mismas tristezas, los mismos dolores, la misma Mentira.

El mismo mundo. La misma Iglesia. La misma comunidad. La misma familia. Y yo, la misma, en la misma barca.

Pero creo que Él ha resucitado y nos resucita.  Y eso lo hace todo distinto.

Estamos en Sus Manos. La barca, el agua y las olas, todo es Suyo. El lo sabe. El lo sabe todo. Sabe que tenemos miedo y demasiados agujeros en la barca.

El sabe que le queremos. Sabe que le quiero. Gracias a Dios.

Y eso hace que todo sea distinto, aunque no ha cambiado casi nada.

¡Vuelva la Vida!

La vida de Jesús ,Nerina Canzi 2015

Y así dijo el Señor: “¡Vuelva la Vida,

y que el Amor redima la condena!”

La gracia está en el fondo de la pena,

y la salud naciendo de la herida.

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria.

Amén.

(Imagen: Nerina Canzi)

¡Qué grande eres!

Últimamente lo oigo mucho. Como un elogio, como un deseo, como un valor. Y lo dice gente buena, personas a las que quiero mucho incluso. Pero últimamente siento que algo por dentro me rechina al escucharlo. No sabría decir por qué. ¿Envidia? -dirán algunos-. Podría ser pero creo que no.

En la sencilla celebración de Domingo de Ramos donde participé este año, me resonó de nuevo. Llovía bastante. En la capilla de un campus vacío, quizá no éramos más de 25 para la bendición de Ramos. Nada te llevaba a gritar ¡Hosanna! enfervorecida. Y tampoco escuchando las lecturas y la Pasión me surgía por dentro gritar a Jesús: ¡Grande!

Y cada año lo mismo. Aparentemente, al menos.

No sé qué tenemos en la cabeza cuando decimos que alguien es muy grande o cuando nos parece que es una meta en la vida, por mucho que repitamos frases hechas aprendidas: “no, gracias… tú sí que eres grande…, no, grandes vosotros…”

¿Grande? La realidad te devuelve la verdad, a veces como una solemne bofetada. Y entra Jesús en un burro mientras los niños (¡los niños de la calle!) le aclaman. La escena no deja de ser dantesca y dramática cuando miras el cuadro completo.

Huyo de los “grandes”. También de los “humildemente grandes”. Peor. Quizá es una etapa y se me pasará. Pero hoy me produce urticaria. Y yo misma de “grande” también me la produzco. Hay tanto “grande” admirable que no pasaría la prueba de la intrahistoria, de la bondad con los de casa, de la coherencia cuando nadie mira, de los que priorizan qué necesita el conjunto antes que su pequeño grupito de incondicionales o las propias ganas o los sueños personales…

Me quedo con el de la borriquilla. Entre el ridículo y la ternura. Supo lo que tenía que hacer y quiso hacerlo. A ver si soy capaz de quedarme toda la Semana (Vida) con Él… a un ladito.

Lo humano y lo inhumano

Los términos “hombre” y “humano” son, en efecto, singularmente equívocos; en ellos se entrelazan lo elevado y lo vil, lo noble y lo ordinario, lo banal y lo extraordinario. “Con la expresión: Eso es humano, se disculpa todo en la actualidad. Los matrimonios se rompen: eso es human. La gente bebe: eso es humano. Se copia en un examen o se hacen trampas en un concurso: eso es humano. Muchos destrozan su juventud con los vicios: eso es humano. Uno tiene celos: eso es humano. Se defrauda: eso es humano. No hay vicio que no se disculpe con esta fórmula. Así, con la palabra “humano” se designa aquello que es más caduco y vil en el hombre. En ocasiones se convierte incluso en sinónimo de “animal”. ¡Qué forma de hablar tan singular! Pues lo humano es justamente aquello que nos diferencia de los animales. Lo humano es la razón, el corazón, la voluntad, la conciencia, la santidad. ¡Eso es humano!” (Card. J. G. Saliége, citado por W. Kasper en Jesús el Cristo, 301-302)

transfiguracion

Nerina Canzi

Por alguna razón me venía hoy este texto a propósito de la escena de la Transfiguración de Jesús. Quizá porque Jesús se muestra luminoso en puertas de la gran oscuridad de su Pasión.

Quizá porque las noticias -por desgracia- no dejan de hablarnos de inhumanidad y violencia. Quizá porque en Cuaresma se nos invita a elegir la luz y abandonar las tinieblas.

Quizá porque Jesús, el Hijo de Dios, es también esa Humanidad nueva real y cierta que nos dice una y otra vez que ser -de verdad- humano es bueno y bello y verdadero y merece la pena.

Celebrar la Transfiguración es contemplar y callar. Acompañar, si somos capaces. Adorar. Pero también puede ser un ejercicio para desear la luz y la verdadera humanidad. Esa que no nos permite pactar con ningún demonio, ni propio ni ajeno y a la vez nos lanza a amar cada vez más y mejor, lo humano. Lo más humano de Dios y  de nosotros mismos.

Embarcarse, salir, crecer… ¡la vida!

Hay “salidas” que una espera, prepara, teme…., en definitiva, cuenta con ellas aunque siempre nos descoloquen en algún sentido.

Y hay otras “salidas” que vienen sin que te de tiempo a esperarlas, prepararlas, temerlas. En el mejor de los casos, sólo puedes elegir embarcarte o quedarte en tierra, tomar el tren o perderlo. Y no es poco, porque hay salidas que ni siquiera te preguntan, como una enfermedad, la muerte de alguien que forma parte de ti, las decisiones de terceros sobre tu vida…

Un 22 de febrero de 1852, la M. París sale del puerto de Barcelona junto a otras mujeres jóvenes como ella que se habían unido a su aventura. “Salían” para Cuba y dejaban todo lo que conocían. Sólo sabían que allí estaba el P. Claret esperándolas para ayudarle en la Isla. Imaginaréis que todo lo que comenzó con ese embarque no voy a contarlo ahora. Sólo quiero agradecer que eligieran salir. Posiblemente ellas no hubieran elegido un plan así. Posiblemente muchas de las cosas que tuvieron que vivir hasta llegar a Cuba y en el inicio de su misión allí, ni siquiera respondía a lo que Dios quería. De ellas sólo dependió acoger el momento. Casi todo les fue dado (la tripulación, la fecha, el como, el hacia dónde…). Excepto acogerlo y salir. Y convertir la salida en más vida, en una nueva etapa, en crecimiento.

Agradezcamos todas las “salidas” que nos han hecho ser lo que hoy somos. Nos han ayudado a crecer, nos han hecho más humanos, nos han quitado miedos, nos han puesto en contacto con otras personas, nos han suavizado prejuicios… En lo personal, y en lo familiar, comunitario, eclesial…

Y sobre todo pidamos a Dios que la oscuridad o el deslumbre de luz de algunos de nuestros escenarios actuales no nos impidan ver las señales de salida que nos rodean y esperan que nos decidamos a embarcarnos sin tener apenas seguridad de dónde llegaremos, cómo y para qué. ¡Mar adentro!