Hacer de la vida un banquete, una noche de bodas

Puedes elegir: las lecturas de hoy (Isaías 25,6-10a y Mateo 22,1-14) o recuperar un clásico de Sabina (Noches de boda). Yo te propongo la versión de María Jiménez, pero eso, como casi todos, ya sabes que es cuestión de gustos. Lo mejor, sin duda, es que no tengas que elegir y puedas disfrutar de las dos cosas: la Palabra y el arte.

Igual te parece una barbaridad pero me parece que expresan una misma noticia: vivir la vida como un banquete compartido al que somos invitados. Eso es vivir, según el Evangelio.

Que el maquillaje no apague tu risa,
Que el equipaje no lastre tus alas,
Que el calendario no venga con prisas,
Que el diccionario detenga las balas.

Que las persianas corrijan la aurora,
Que gane el quiero la guerra del puedo,
Que los que esperan no cuenten las horas,
Que los que matan se mueran de miedo.

¿Cuántas veces hablamos de Dios en catequesis, formación, catecismos, documentos, como Aquel que prepara una fiesta? “He matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. ¡Venid a la boda!”. Y nosotros, casi siempre, hablando de juicios, normas, cumplimientos y pecados a perdonar. Y fíjate que tal como lo cuenta Mateo, lo único que revienta a este Anfitrión nuestro es que vayas por la vida sin traje de fiesta: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas”.

Que el fin del mundo te pille bailando,
Que el escenario me tiña las canas,
Que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
Ni ciento volando, ni ayer ni mañana.

Que el corazón no se pase de moda,
Que los otoños te doren la piel,
Que cada noche sea noche de bodas,
Que no se ponga la luna de miel.

Cada uno tenemos nuestras propias obsesiones, nuestros esquemas cerrados, nuestros temores, nuestras tinieblas. Y todos, buenos y malos, -como dice Mateo-, somos invitados a vivir en un banquete. Podría ser un disparate proclamar esto con la que está cayendo: una epidemia atenaza el planeta, enfermedad y muerte, desigualdades, falta de trabajo digno, problemas de una mayoría de hermanos para vivir con dignidad (cf. Fratelli tutti, de Francisco). Quizá el disparate es olvidarnos de la esperanza que nos habita y que nos lanza a cambiar las cosas justo porque estamos llamados a compartir la mesa y la fiesta.

Que las verdades no tengan complejos,
Que las mentiras parezcan mentira,
Que no te den la razón los espejos,
Que te aproveche mirar lo que miras.

Que no se ocupe de ti el desamparo,
Que cada cena sea tu última cena,
Que ser valiente no salga tan caro,
Que ser cobarde no valga la pena.

Acabo: imagínate que crees en Dios. Imagínate que crees eso que decimos en el Credo (vendrá para juzgar a los vivos y a los muertos). Imagínate que hoy te dicen que esta noche Jesús en persona va a venir a cenar contigo. ¿Qué sientes? ¿temor, alegría, deseo, nerviosismo, incredulidad..? Y, ¿qué haces? ¿preparas tus mejores galas, examen de conciencia para confesión general, te emborrachas para no pensar…? Según Isaías, lo que esperamos es “un festín de manjares suculentos, de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos… El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros”. ¿Te parece poco motivo para ir por la vida como en una fiesta, cada cual con los problemas y sufrimientos que llevamos dentro, por supuesto? ¿Te parece poco motivo para creernos que todas las noches (que las hay y muy oscuras) sean noches de boda compartidas?

Que no te compren por menos de nada,
Que no te vendan amor sin espinas,
Que no te duerman con cuentos de hadas,
Que no te cierren el bar de la esquina.

Que el corazón no se pase de moda,
Que los otoños te doren la piel,
Que cada noche sea noche de bodas,
Que no se ponga la luna de miel.

Que todas las noches sean noches de boda,
Que todas las lunas sean lunas de miel.

Me parece un estupendo tema para dar por cerrado este mar de los sargazos que me ha acompañado últimamente. Y dar las gracias a todos los que habéis navegado conmigo en algún momento. Especialmente a la Revista Vida Religiosa que se hizo eco de este blog.

Seguiré compartiendo en “El papel lo aguanta todo”, un blog de Vida Nueva. E intentaré, por todos los medios, elegir la vida y hacer lo que esté en mi mano para que esté mundo nuestro, tan dolorido, sea un banquete para todos, una continua noche de bodas.

Pasemos por la vida patinando… como Dios

Me gustaría seguir descubriendo “pistas” para este tiempo nuestro, para el post-COVID (si es que alguna vez podemos hablar de “post”), para la vida “normal” que queramos recuperar y mantener. Y especialmente, pensando en la Vida Religiosa.

Hoy el texto es un poema de Ana Blandiana. Entre tanto pavor por desescalar me parecía que un soplo de aire fresco nos vendría mejor. Y la poesía siempre ayuda a respirar. Éste lo descubrí en una selección de Iván López Casanova (Pensadoras para el siglo XXI. Amar, comprender y transformar el tiempo presente, Rialp, Madrid 2017):

Ellos pasan patinando

con los auriculares retumbando en sus oídos,

y los ojos clavados en las pantallas,

sin advertir que las hojas caen, que los pájaros se van,

ellos pasan patinando,

mientras que, por encima de ellos giran las estaciones

las vidas,

los años y los siglos,

sin entender qué es lo que pasa.

Ellos pasan sobre patines,

por entre las sombras de la realidad

que creen que existen

y entre personajes que piensan que son hombres,

mecanismos creados por otros mecanismos

a su imagen y semejanza,

mientras, Dios desciende entre ellos

y aprende a patinar

para poder salvarlos.

Ana Blandiana, “Sobre patines”, Mi Patria A4, Pretextos, Valencia 2010, 67.

Sí, somos de los que pasamos la vida patinando con auriculares o viviendo sobre patines. Cada cual nómbrelos como mejor quiera. Y no es bueno, ni malo. La vida es. La Iglesia es. Pero no basta.

Dios aprende a patinar para poder salvarnos. Desciende, aprende, patina. Tres verbos que bien quisiera para mí y para nosotros. Quiero una Iglesia (una Vida Religiosa)

  • que desciende (porque siempre en algo estamos muy altos…)
  • que aprende (porque descubre que no sabe tantas cosas…)
  • que patina (porque elige pasar por uno de tantos, como Dios mismo

Patina, escucha música, lee, ríe, pasea, se equivoca, abraza, pide perdón, reza, disfruta, llora, lucha, hace la comida, cura, besa, baila, canta, celebra, acompaña, contempla, grita, calla, cose… En definitiva, todo aquello que hacen todos a los que Dios quiere salvar y a los que nos envía. Todo aquello que difícilmente estará nunca recogido en un documento capitular o en la programación del sexenio.

Pero que, misteriosamente, nos acerca más a Dios. A su imagen y semejanza.

 

 

Honrar la vida

En una entrada anterior comencé a compartir textos que me parecen sugerentes para la Iglesia y en concreto, para la Vida Religiosa “post-COVID”. Textos que nos ayuden a “reinventarnos”, no por snobismo sino por fidelidad al Evangelio y a la realidad en la que vivimos y somos enviados.

Hoy es una canción de Eladia Blázquez, en la versión de Sandra Mihanovich. Vivir resucitados es honrar la vida. No basta vivir. No basta anunciar que El vive. No basta entregar nuestros afectos, nuestro tiempo, nuestros bienes y voluntad, nuestros proyectos.

No. Permanecer y transcurrir no es perdurar,

no es existir ¡ni honrar la vida!

Hay tantas maneras de no ser,

tanta conciencia sin saber adormecida…

  1. Durante mucho tiempo he creído que perdurar a lo largo de la historia y seguir existiendo es un signo de vida, un signo de Dios. Como si celebrar centenarios de las diversas instituciones garantizara estar siendo fieles y, sobre todo, estar vivos. Pero voy dándome cuenta que no. No siempre es así. Y, además, casi siempre, el precio por esta permanencia es construir enormes estructuras internas y externas. Éstas, ciertamente, nos protegen pero también nos ralentizan e hipotecan. Quizá resucitar con el Resucitado tenga más de invitación a despertar y no vivir adormecidos, y así, honrar la vida. ¡Cuántos religiosos y religiosas que no pactan con el tedio vital, con la permanencia a cualquier precio!, ¡cuántos consagrados que pasarán desapercibidos en los anales y en la Historia pero que se recordarán con cariño en cada persona o comunidad que se cruzó con ellos! Honraron la vida.

Merecer la vida no es callar y consentir

tantas injusticias repetidas…

Es una virtud, es dignidad

y es la actitud de identidad más definida!

Eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir

porque no es lo mismo que vivir, ¡honrar la vida!

2. Merecer la vida sin callar ante la injusticia suele tener como precio perderla. Curiosa paradoja de nuestra fe. Quizá vivir como resucitados nos cueste la vida pero no habrá sido vivida en balde. Habremos honrado la vida. No basta con denunciar o gritar. No se trata de vivir en permanente lucha. Es una virtud, dice la canción. Un don, por tanto. Que cuando lo acogemos, crece dentro y nos otorga un regalo mayor: nos da identidad. Esa que no necesita muchos nombres, jerarquías, roles,… La identidad vivida. La identidad que no presume porque solo quiere ser quien es. Ni más ni menos. Aunque no aparezcan en los boletines ni se cuenten entre los grandes. Honran la vida.

No. Permanecer y transcurrir

no siempre quiere sugerir honrar la vida

Hay tanta pequeña vanidad

en nuestra tonta humanidad enceguecida.

¡Honrar la vida!

3. ¿Vanidad, ceguera? Quizá. Pero sobre todo, tonta humanidad. Indecisiones, Cobardías. Dejarnos llevar por lo que hay para evitar conflictos y divisiones que no quiere Dios y que a nosotros nos aterran. Estaremos vivos, pero no honraremos la vida. Entregaremos la vida pero no la honraremos. Quizá ayudemos a otros a vivir. Pero nosotros nos estaremos vivos del todo.

Honrar la vida es alegrarnos en la Resurrección de Cristo y en un café caliente compartido y en una tarde de peli en comunidad y en lo que le alegra a otro hermano.

Honrar la vida es que nos vean vivir y se alegren y sientan que merece la pena que haya hombres y mujeres que elijan vivir así.

Honrar la vida es que nos levantemos por la mañana y agradezcamos vivir como vivimos, donde vivimos y con quien vivimos, porque más allá de las tensiones y encontronazos cotidianos, nos sentimos parte de la vida que hemos elegido, de la vocación recibida, de la institución que nos acoge y a la que hacemos crecer, en una pertenencia mutua.

Honrar la vida es llevar a cabo un trabajo pastoral y que la gente se asombre no sólo de que esté bien hecho sino de que lo hagamos juntos, con libertad, sin necesidad de cuotas artificiales para que ninguno se sienta menos que el otro, dejando que cada uno aporte lo que puede y algunos aportarán 0 (pero se sabrán parte de la vida comunitaria igual) y otros 100 (pero se sabrán exactamente igual que el resto porque la dignidad vital nos llega de otro modo).

Honrar la vida como resucitados es tener tantas ganas de vivir y que los demás vivan plenamente que nuestras casas y allí donde cada uno estemos, sea un lugar que rebose vida. Vida de la buena, de la que todo el mundo entiende y no hay que explicar nada porque todos lo percibimos por los poros. También cuando hay situaciones de dolor, de mucho sufrimiento, porque jamás nos será indiferente. No hay otro modo. Con lo desordenada, caótica, libre y variada que es la vida siempre. No hay otro modo.

Honremos la vida. Nos jugamos la vida en ello. La nuestra y la de nuestras instituciones. Y sobre todo la del mundo al que somos enviados. ¡Feliz Pascua!

Soledad de María… en el Súper

Tenía que ir a comprar hoy, Sábado Santo. Ciertamente, podría haber aguantado con lo que hay y esperar. Aunque eso ya lo dije el miércoles santo… Por eso, bien de mañana, me encaminé hacia el Super del barrio.

Los que hacéis la compra estos días, seguro que lo imaginais. La cola que da la vuelta al edificio completo a las 10 de la mañana es lo más parecido a la variedad humana. Al menos, donde yo vivo. En edad, género, origen, sistema social. Mientras estuve esperando, entró un Audi al parking del super; creo que quizá dos coches más grandes; el resto, unos 8 o 10, pequeños utilitarios. Todos los demás, cientos, de pie esperando. Quizá no es mala maqueta de la proporción humana.

Y seguimos esperando. La mayoría pacientemente. Rítmicamente. Es lo más parecido a un paso procesional que podría imaginar. Es el guardia de seguridad quien marca que avancemos, y todos lo hacemos con un paso corto, respetuoso. La mayoría silenciosamente. Aunque siempre hay alguien que no para de hablar a gritos por el móvil, llamada tras llamada. No sé si le asusta el silencio o la espera o las dos cosas. A mí me molesta con sus gritos; a otros seguramente les dará igual. Y los que están más lejos, al otro lado del edificio, ni siquiera la pueden escuchar. Así que no debe ser para tanto, aunque a mí me ponga tan nerviosa. Igual es algo parecido a lo que me pasa en la vida.

Ha pasado varias veces un señor de limpieza. Silenciosamente. Casi cabizbajo. Aunque ahora, cuando ya estoy casi en la puerta de entrada, veo que levanta los ojos y sonríe a los reponedores y al guardia. Supongo que en estos días de pandemia han generado más lazos afectivos entre ellos que en todo el año pasado.

Ya estoy dentro. Unos con mascarilla, otros sin ella, todos con guantes. Voy comprando lo que necesito y lo que puedo guardar sin que se arruine para reducir las salidas de casa lo más posible. Igual soy demasiado ingenua pero me parece que ahora nos dejamos pasar con el carro entre los pasillos y chocamos menos. Por la distancia de seguridad y porque nos miramos con más ternura y menos exigencia. Quizá porque todos nos sentimos ahora más vulnerables. Y a poca buena voluntad que uno tenga, es difícil atacar a quien percibes débil; sólo lo hacemos cuando estamos tan desorientados que ni buena voluntad nos queda. Me recuerda a la Pasión de Jesús: ¡cuánto mal y cuánto se multiplica cuando dejamos que siga adelante impunemente contra el más desvalido!

Anuncian que en diez minutos guardaremos un minuto de silencio por las víctimas y sus familias. Ya he llegado a la caja. ¡Cuánta gente haciendo lo que tiene que hacer, sin más ni menos! Sin alardes heroicos y con la mejor de sus caras. Al acabar nos invitan al silencio. Todo se para. Nadie se mueve. Nadie. Da igual que llevemos dos horas para poder hacer alguna compra. Cualquiera diría que todos nos conocemos, que somos de la misma familia, del mismo duelo. Quizá es que sí lo somos, aunque no lo sepamos.

Las cajeras con los brazos caidos y la mirada baja; los reponedores fuera como un equipo de fútbol, fuertes al sentirse uno; los que compramos, respetuosos y agradecidos, creo yo, a quienes nos permiten normalizar la vida. Y el mundo sigue. Y yo, hoy, en el mercadona de mi barrio, he rezado la Soledad de María sin pretenderlo. Y no puedo evitar imaginar a María, en aquel primer sábado, que también tendría que ir a comprar algo para hacer la comida. Con toda la mezcla de sentimientos dentro de sí. Como yo hoy. Como casi todos. Gracias, María.

Tendremos que reinventarnos. Nosotros también.

Desde que comenzó el confinamiento por el COVID-19 tengo ganas de escribir en este blog, pensando especialmente en la Vida Religiosa (apostólica) o Vida Consagrada (no entro ahora en la posible distinción). Las posibilidades eran varías:

  • ¿cómo vivir en comunidad religiosa este tiempo raro y distinto que la pandemia nos ha traído?, ¿como una familia?, ¿como un “convento” en sentido literal? Porque los religiosos y religiosas de “vida activa” (es que tenemos un problema con los nombres) no somos monjes ni monjas. Y sería llamativo que hubiéramos afrontado este tiempo de confinamiento de un modo más similar al de un claustro que al de una familia.
  • humanamente, ¿es sano que vivamos cerrados en casa con el mismo ritmo, horario y tarea, si tenemos 20 años, 45 o 83? Quizá acompañada de otra pregunta: ¿en nuestro tipo de vida es un criterio válido lo “humanamente” sano o nos inclinamos a pensar que nuestra vida se rige por otros parámetros sobrenaturales?

Pero he decidido que bastante tenemos con lo que hay. Demasiado dolor. Demasiadas pérdidas. He elegido dedicar estos días a generar movimientos positivos, como la mayoría de personas en el planeta. ¡Asombrosa la actitud generalizada de compasión, solidaridad, buenos deseos, entrega, empatía…! ¡Parece Navidad!, ¡dan ganas de ser mejores personas!

Y por eso compartiré algunos textos que me parecen sugerentes y motivantes y que quizá puedan darnos pistas para reinventarnos cuando todo esto acabe. Porque todos tendremos que hacerlo de alguna manera, personal y colectivamente.

Tal vez me equivoque, pero cada vez percibo con mayor intensidad que a lo que hoy estamos llamados es a “una forma de vida sin forma”, lo cual no significa ni deforme ni a-forme. La expresión “sin forma” trata de transmitir la idea de que no hay una forma fija y estable que debamos buscar para reemplazar la antigua; que lo peculiar de nuestra Vida Consagrada pasa hoy para nosotros, en este momento histórico, por ser capaces de resistir -en fe, esperanza y amor…, esto es, sostenidos por la confianza en Dios, en una paciente espera y desviviéndonos en el amor- este no saber, no poder y no poseer la respuesta definitiva ni la forma estática sobre la que dejar reposar y descansar nuestra consagración.

[Nurya Martínez-Gayol, “Raíz y viento”, 156 (Santander 2015)]

Luchar contra enemigos comunes siempre une. Pero esa identidad dura lo que dure el enemigo. Ahora un virus. También une mucho el dolor. Puede unirnos también el no saber, no poder y no poseer. Y algo de esta inseguridad es ahora, también, causa común con todo el planeta. Ojalá la falta de seguridades nos lleve a abrir posibilidades, a permitir nuevos intentos, a des-institucionalizar tanta vida, a relativizar muchos esquemas. Pero de verdad. Con decisiones concretas. No con documentos. De esos ya tenemos. Y esos ni nos curan, ni nos hacen crecer juntos. Reinventados.

Ungidos… ¿con vicks vapoRub?

Es una palabra rara. No es coloquial, al menos. Literalmente, ungir algo es untarlo, pringarlo. Me trae recuerdos de infancia, cuando estábamos constipados o con tos y mi madre venía a darnos friegas de vicks vaporub. No quiero hacer propaganda gratis, pero ese momento era genial. Y creo que no lo era tanto por el ungüento en sí, sino por la mano de mi madre o de mi abuela acariciándonos el pecho, la espalda, la garganta y, a veces, ¡hasta los pies! Dicen que tal práctica no solo cura, sino que sobretodo protege y previene, te fortalece, te ayuda a respirar mejor.

La Palabra define a Jesús -entre otras cosas- como “el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38). No sé si resultará irreverente, pero mi recuerdo de infancia me ayuda a entender mejor la unción de Jesús. Y por analogía la nuestra, la de todos. No solo la de los llamados “consagrados” en la Iglesia, sino la de todo ser humano, creatura querida y acariciada por Dios desde el inicio.

Imagino a Dios Padre moldeando a cada nueva criatura desde el seno materno y ungiéndola con el Espíritu Santo, que da calor, fortalece, protege, sella. También con Jesús, niño en el vientre de María, como acabamos de celebrar en navidad, aunque enseguida se nos olvida cuando le contemplamos en el Jordán bautizándose o predicando por los caminos.

Imagino también a Jesús recibiendo la unción serena y luminosa antes de comenzar su misión tras recibir el bautismo de Juan. Nueva etapa. Nueva misión. Nuevos miedos. Nuevos sueños. No en vano, el siguiente paso serán las tentaciones del desierto. Ninguna unción nos lleva en volandas a predicar, a curar, a hacer milagros, a generar seguidores… Siempre hay que pasar por silencio, desierto, soledad y tentaciones. Es humano. Es lo de todos. Pero no es igual pasarlo con el calor de la unción en el pecho (vicks vaporub, con perdón, entiéndanme) y con el toque cálido de quien nos quiere y nos ha dado la vida.

No es igual ir por la vida y afrontar la vocación y la misión sin la mano del Padre sobre la cabeza y el ungüento del Espíritu Santo en el corazón. Vivir así también es ser como Jesús. Intentar vivir como vivió Él: ungidos, haciendo el bien y curando.

Todo lo demás, al final, no pasa de ser unciones para sentirnos como el Emperador, como un semidios alzado o como alguien que puede ejercer el poder dado de lo alto. No veo nada de esto en Jesús. Y menos en la escena del Bautismo. Ojalá aprendamos a vivirnos como criaturas y como bautizados (los que lo estemos) y como consagrados (los que lo estemos) desde dentro. Pasando por uno de tantos.

Elijo “perfección”, aunque sea falsa

Las imágenes de Francisco reaccionando bruscamente en la plaza de San Pedro han dado la vuelta al mundo. Los comentarios en los medios fueron de lo más variopinto: “el Papa golpea a una mujer”, “manotazo del Papa”… Y he leído o escuchado respuestas tan duras que me han hecho daño: antiCristo, vergüenza de los cristianos, soberbio,…

Puedes estar de acuerdo o no con Francisco. Lo que me asusta es que estas reacciones estén causadas por este gesto del Papa. Ha pedido perdón. Ha saludado con cariño a millones de personas de todas las edades y colores. Ha expresado muchas veces que no le gusta recibir vasallaje en forma de besamanos (¡incluso por mera higiene!). Pero todo eso queda reducido a nada porque una noche, alguien de 83 años cansado y tironeado (con buena voluntad) hasta el punto de desequilibrarle, reaccionó con brusquedad e irritación.

Aunque no hubiera pedido públicamente perdón a la mañana siguiente (gesto que le honra y que no se ha publicitado con tanto empeño), a mi sí me representa un líder religioso (o político) que es humano, tanto para bromear, como para abrazar o para enfadarse. Por cierto, creo que hemos olvidado que el mismo Jesús se dejó llevar por la irritación desproporcionadamente en varias ocasiones. Una derribando las mesas de cambistas en el Templo y otra contra una pobre higuera que no daba fruto “porque no era tiempo de higos” (Mc 11, 12-14).

Sólo se me ocurre un modo de explicarlo. Curiosamente, con fe o sin ella, seguimos prefiriendo la perfección, aunque sea falsa. Personajes públicos impolutos, puros, irreprensibles,… aunque estén huecos y sus discursos sólo sean más de lo mismo. Ese que no incomoda a nadie y sonríe a todos, pero no aporta nada. Pasa con hombres y mujeres públicos, pero creo que nos pasa también a nosotros, hombres y mujeres de andar por casa. ¿Cómo explicar si no, esta especie de incapacidad para acoger debilidades humanas que todos tenemos y sin embargo, tragar con mentiras y fachadas “fake”?

Agachamos la cabeza ante corrupciones, robos, alianzas vergonzantes, acusaciones injustas, bulos, chismes… Y nos escandalizamos, muy dignos, ante una falta de paciencia o un arrebato violento.

Me asusta. Primero porque cada vez creo que menos en la perfección (¡no existe!). Y segundo porque, a la larga, huimos de la gente humana para los dirigentes y para nuestro entorno más inmediato. A la larga, repito, huimos de humanizarnos y elegimos mentirnos. Un desastre.

Inmaculada Concepción, Mujer

Siempre me asusta que a fuerza de ensalzar y dulcificar algo bueno, tanto lo “elevemos” que se convierta en coartada de otras cosas no tan deseables o justifique el status quo que lo perpetúa. Y esto me pasa con la fiesta de la Inmaculada Concepción y el lugar de la mujer en la Iglesia y en el mundo.

No me malinterpretes. Es una fiesta muy importante para mí. Quizá por eso he tenido que explicar tantas a veces por qué me gusta tanto. A muchos les suena a rancio, les recuerda a otros tiempos y a otro tipo de Iglesia. Esa que ensalza a María sobre todas las cosas pero luego no permite que las mujeres accedan a según qué servicios y ministerios. Esos tiempos en que “ser Purísima” solo tiene que ver con el sexto mandamiento pero apenas dice nada de corrupciones varias, mentiras, compromiso con la justicia…

No quisiera caer en eso. No quisiera hacer el juego a quienes piensan que por dar incienso y piropos a María Inmaculada vamos a perpetuar estereotipos femeninos dóciles y manipulables.

¿Sabes por qué me apasiona María Inmaculada? Porque creo que todos la necesitamos mucho. Necesitamos a alguien que defiende la vida por encima de todas las cosas y frente a todo tipos de males. La vida de verdad, la que crece dentro. 

Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese (Ap 12,4).

Alguien que se enfrenta al dragón puede ser todo menos melíflua y dulzona. Alguien que da vida, “da a luz”, y tal como están las cosas, no será alguien que baja la cabeza, calla y mira para otro lado. Su fuerza viene de dentro. De Dios. Esa es su “Pureza”. Eso es para mí María Inmaculada y así me invita a vivir.

Volar, lo que se dice volar… no vuelo

Sí, ya sé que no es la primera vez que comento mi pasión por @El_Kanka y @RozalenMusic, y por los dibujos de @72kilos. Pero es que, esta vez, todo encaja perfectamente.

Después de mucho tiempo sin escribir nada por aquí, toca volver a navegar. Y sí, sigue habiendo sargazos alrededor. Por eso, quiero apuntarme en la frente y en espejo de mi habitación algunas palabras clave. Ahora toca y elijo:

  • Volar, creer, cambiar, romper, dejar, quemar, soltar, coger impulso… ¡y a volar!

Por si te quieres apuntar…. 🙂


Volar, lo que se dice volar… volar, volar, volar, no vuelo…

Pero… desde que cambie el palacio por el callejón
desde que rompí todas las hojas del guion…
si quieres buscarme, mira para el cielo…
Pero desde que me dejé el bolso en la estación
Y le pegué fuego a la tele del salón
Te prometo hermano que mis suelas no tocan el suelo…
Solté todo lo que tenia y fui… Feliz
Solté las riendas y deje pasar…

No me ata nada aquí, no hay nada que guardar
Así que cojo impulso y a volar…
Lo que se dice volar, volar, volar, volar… no vuelo
Volar… lo que se dice volar, volar… Volar, volar, volar, no vuelo…
Pero desde que tiré las llaves ya no quiero entrar…

Hermanos/as que nos salvan

Tener hermanos/as te salva. A mí me ha salvado varias veces. Literalmente. No sé dónde estaría ni en qué estado si no hubiera sido por ellos, por ellas. Ahora, seguramente, enferma. Pero no lo estoy.

En todo caso, no iba a hablar de mí. En la vida -en general- tener hermanos/as te salva. Los que somos de familia numerosa lo sabemos. Te salva de tomarte a ti misma muy en serio, de creer que tienes “derechos” exclusivos, de pensar que son los otros quienes tienen que hacer las cosas, de sentirte sola, de gustarte demasiado, de no gustarte nada.

En todo caso tampoco quería hablar hoy de la vida en general. Hoy quería hablar de la Vida Religiosa o Vida Consagrada, como prefieras. Lo que yo vivo. Por distintas razones que no vienen a cuento, me he encontrado en estos últimos meses con diversas situaciones (en distintas Congregaciones) que nunca deberían haberse dado. Gente anciana que sufre destinos sin criterio apostólico ni fraterno, simplemente porque sí o porque caen como piezas de dominó al mover otras. Gente de mediana edad que no se encuentran en casa en su propia casa porque los parámetros, las reglas o los tiempos están pensados para otras edades y otras cabezas. Y así no se puede vivir… bien. Gente joven sujeta a discursos y prácticas esquizoides que acaban por sacar lo peor de ellos mismos y terminan echando fuera las ganas de vivir, de rezar, de amar y, a veces, hasta la vocación recibida (todo un pecado, por cierto, si nos creemos realmente que la vocación es de Dios y de nadie más).

No juzgo las intenciones. No juzgo nada. Sólo me lamento y pido a Dios que nos ayude a vivir, ¡a bien vivir! Pero la lamentación no es hoy el tema.

Hoy quiero hablar de la importancia, de la necesidad, de lo imprescindible que es tener hermanas o hermanos (en sentido fuerte, personal) dentro de las propias familias religiosas. Mujeres y hombres normales. Nada especial. Simplemente humanos. Simplemente buscadores de Dios. Mujeres y hombres que intentan vivir con honestidad su consagración y las circunstancias que les toca vivir. Puede que vivan en tu misma ciudad (si están en la misma comunidad ya es un regalo inmenso), pero quizá ni siquiera están en el mismo país que tú. No importa. Aquí la distancia no es decisiva. Lo decisivo es que sean hermanos, hermanas y tú lo sepas.

Porque hay momentos en la vida y en la Vida Consagrada que sólo nos salva saber que hay alguien que cree en ti, que está contigo, que te espera, que te acompaña, que es tu hermano, tu hermana. Ni padre/madre ni colega. Hermano. Hermana. Hay momentos que ni siquiera la oración. Ni el carisma. Ni siquiera la misión. Ni siquiera la fortaleza interior. Sólo saber que a pesar de algunos, tienes hermanas en algún lado del planeta que merecen la pena.

No tiene precio. No dejéis de invertir en ello, por favor, porque no veo nada que merezca más la pena que las personas. Gracias.