Hermanos/as que nos salvan

Tener hermanos/as te salva. A mí me ha salvado varias veces. Literalmente. No sé dónde estaría ni en qué estado si no hubiera sido por ellos, por ellas. Ahora, seguramente, enferma. Pero no lo estoy.

En todo caso, no iba a hablar de mí. En la vida -en general- tener hermanos/as te salva. Los que somos de familia numerosa lo sabemos. Te salva de tomarte a ti misma muy en serio, de creer que tienes “derechos” exclusivos, de pensar que son los otros quienes tienen que hacer las cosas, de sentirte sola, de gustarte demasiado, de no gustarte nada.

En todo caso tampoco quería hablar hoy de la vida en general. Hoy quería hablar de la Vida Religiosa o Vida Consagrada, como prefieras. Lo que yo vivo. Por distintas razones que no vienen a cuento, me he encontrado en estos últimos meses con diversas situaciones (en distintas Congregaciones) que nunca deberían haberse dado. Gente anciana que sufre destinos sin criterio apostólico ni fraterno, simplemente porque sí o porque caen como piezas de dominó al mover otras. Gente de mediana edad que no se encuentran en casa en su propia casa porque los parámetros, las reglas o los tiempos están pensados para otras edades y otras cabezas. Y así no se puede vivir… bien. Gente joven sujeta a discursos y prácticas esquizoides que acaban por sacar lo peor de ellos mismos y terminan echando fuera las ganas de vivir, de rezar, de amar y, a veces, hasta la vocación recibida (todo un pecado, por cierto, si nos creemos realmente que la vocación es de Dios y de nadie más).

No juzgo las intenciones. No juzgo nada. Sólo me lamento y pido a Dios que nos ayude a vivir, ¡a bien vivir! Pero la lamentación no es hoy el tema.

Hoy quiero hablar de la importancia, de la necesidad, de lo imprescindible que es tener hermanas o hermanos (en sentido fuerte, personal) dentro de las propias familias religiosas. Mujeres y hombres normales. Nada especial. Simplemente humanos. Simplemente buscadores de Dios. Mujeres y hombres que intentan vivir con honestidad su consagración y las circunstancias que les toca vivir. Puede que vivan en tu misma ciudad (si están en la misma comunidad ya es un regalo inmenso), pero quizá ni siquiera están en el mismo país que tú. No importa. Aquí la distancia no es decisiva. Lo decisivo es que sean hermanos, hermanas y tú lo sepas.

Porque hay momentos en la vida y en la Vida Consagrada que sólo nos salva saber que hay alguien que cree en ti, que está contigo, que te espera, que te acompaña, que es tu hermano, tu hermana. Ni padre/madre ni colega. Hermano. Hermana. Hay momentos que ni siquiera la oración. Ni el carisma. Ni siquiera la misión. Ni siquiera la fortaleza interior. Sólo saber que a pesar de algunos, tienes hermanas en algún lado del planeta que merecen la pena.

No tiene precio. No dejéis de invertir en ello, por favor, porque no veo nada que merezca más la pena que las personas. Gracias.

 

 

 

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Resucitar: no ha cambiado nada y todo es distinto

La tempestad sigue ahí fuera.

La barca sigue hecha de la misma madera y el agua sigue amenazando con hundirla.

No ha cambiado nada, prácticamente.

Las mismas noticias de hace días, las mismas violencias, las mismas envidias, las mismas ausencias, los mismos vacíos, las mismas tristezas, los mismos dolores, la misma Mentira.

El mismo mundo. La misma Iglesia. La misma comunidad. La misma familia. Y yo, la misma, en la misma barca.

Pero creo que Él ha resucitado y nos resucita.  Y eso lo hace todo distinto.

Estamos en Sus Manos. La barca, el agua y las olas, todo es Suyo. El lo sabe. El lo sabe todo. Sabe que tenemos miedo y demasiados agujeros en la barca.

El sabe que le queremos. Sabe que le quiero. Gracias a Dios.

Y eso hace que todo sea distinto, aunque no ha cambiado casi nada.

¡Vuelva la Vida!

La vida de Jesús ,Nerina Canzi 2015

Y así dijo el Señor: “¡Vuelva la Vida,

y que el Amor redima la condena!”

La gracia está en el fondo de la pena,

y la salud naciendo de la herida.

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria.

Amén.

(Imagen: Nerina Canzi)

¡Qué grande eres!

Últimamente lo oigo mucho. Como un elogio, como un deseo, como un valor. Y lo dice gente buena, personas a las que quiero mucho incluso. Pero últimamente siento que algo por dentro me rechina al escucharlo. No sabría decir por qué. ¿Envidia? -dirán algunos-. Podría ser pero creo que no.

En la sencilla celebración de Domingo de Ramos donde participé este año, me resonó de nuevo. Llovía bastante. En la capilla de un campus vacío, quizá no éramos más de 25 para la bendición de Ramos. Nada te llevaba a gritar ¡Hosanna! enfervorecida. Y tampoco escuchando las lecturas y la Pasión me surgía por dentro gritar a Jesús: ¡Grande!

Y cada año lo mismo. Aparentemente, al menos.

No sé qué tenemos en la cabeza cuando decimos que alguien es muy grande o cuando nos parece que es una meta en la vida, por mucho que repitamos frases hechas aprendidas: “no, gracias… tú sí que eres grande…, no, grandes vosotros…”

¿Grande? La realidad te devuelve la verdad, a veces como una solemne bofetada. Y entra Jesús en un burro mientras los niños (¡los niños de la calle!) le aclaman. La escena no deja de ser dantesca y dramática cuando miras el cuadro completo.

Huyo de los “grandes”. También de los “humildemente grandes”. Peor. Quizá es una etapa y se me pasará. Pero hoy me produce urticaria. Y yo misma de “grande” también me la produzco. Hay tanto “grande” admirable que no pasaría la prueba de la intrahistoria, de la bondad con los de casa, de la coherencia cuando nadie mira, de los que priorizan qué necesita el conjunto antes que su pequeño grupito de incondicionales o las propias ganas o los sueños personales…

Me quedo con el de la borriquilla. Entre el ridículo y la ternura. Supo lo que tenía que hacer y quiso hacerlo. A ver si soy capaz de quedarme toda la Semana (Vida) con Él… a un ladito.

Lo humano y lo inhumano

Los términos “hombre” y “humano” son, en efecto, singularmente equívocos; en ellos se entrelazan lo elevado y lo vil, lo noble y lo ordinario, lo banal y lo extraordinario. “Con la expresión: Eso es humano, se disculpa todo en la actualidad. Los matrimonios se rompen: eso es human. La gente bebe: eso es humano. Se copia en un examen o se hacen trampas en un concurso: eso es humano. Muchos destrozan su juventud con los vicios: eso es humano. Uno tiene celos: eso es humano. Se defrauda: eso es humano. No hay vicio que no se disculpe con esta fórmula. Así, con la palabra “humano” se designa aquello que es más caduco y vil en el hombre. En ocasiones se convierte incluso en sinónimo de “animal”. ¡Qué forma de hablar tan singular! Pues lo humano es justamente aquello que nos diferencia de los animales. Lo humano es la razón, el corazón, la voluntad, la conciencia, la santidad. ¡Eso es humano!” (Card. J. G. Saliége, citado por W. Kasper en Jesús el Cristo, 301-302)

transfiguracion

Nerina Canzi

Por alguna razón me venía hoy este texto a propósito de la escena de la Transfiguración de Jesús. Quizá porque Jesús se muestra luminoso en puertas de la gran oscuridad de su Pasión.

Quizá porque las noticias -por desgracia- no dejan de hablarnos de inhumanidad y violencia. Quizá porque en Cuaresma se nos invita a elegir la luz y abandonar las tinieblas.

Quizá porque Jesús, el Hijo de Dios, es también esa Humanidad nueva real y cierta que nos dice una y otra vez que ser -de verdad- humano es bueno y bello y verdadero y merece la pena.

Celebrar la Transfiguración es contemplar y callar. Acompañar, si somos capaces. Adorar. Pero también puede ser un ejercicio para desear la luz y la verdadera humanidad. Esa que no nos permite pactar con ningún demonio, ni propio ni ajeno y a la vez nos lanza a amar cada vez más y mejor, lo humano. Lo más humano de Dios y  de nosotros mismos.

Embarcarse, salir, crecer… ¡la vida!

Hay “salidas” que una espera, prepara, teme…., en definitiva, cuenta con ellas aunque siempre nos descoloquen en algún sentido.

Y hay otras “salidas” que vienen sin que te de tiempo a esperarlas, prepararlas, temerlas. En el mejor de los casos, sólo puedes elegir embarcarte o quedarte en tierra, tomar el tren o perderlo. Y no es poco, porque hay salidas que ni siquiera te preguntan, como una enfermedad, la muerte de alguien que forma parte de ti, las decisiones de terceros sobre tu vida…

Un 22 de febrero de 1852, la M. París sale del puerto de Barcelona junto a otras mujeres jóvenes como ella que se habían unido a su aventura. “Salían” para Cuba y dejaban todo lo que conocían. Sólo sabían que allí estaba el P. Claret esperándolas para ayudarle en la Isla. Imaginaréis que todo lo que comenzó con ese embarque no voy a contarlo ahora. Sólo quiero agradecer que eligieran salir. Posiblemente ellas no hubieran elegido un plan así. Posiblemente muchas de las cosas que tuvieron que vivir hasta llegar a Cuba y en el inicio de su misión allí, ni siquiera respondía a lo que Dios quería. De ellas sólo dependió acoger el momento. Casi todo les fue dado (la tripulación, la fecha, el como, el hacia dónde…). Excepto acogerlo y salir. Y convertir la salida en más vida, en una nueva etapa, en crecimiento.

Agradezcamos todas las “salidas” que nos han hecho ser lo que hoy somos. Nos han ayudado a crecer, nos han hecho más humanos, nos han quitado miedos, nos han puesto en contacto con otras personas, nos han suavizado prejuicios… En lo personal, y en lo familiar, comunitario, eclesial…

Y sobre todo pidamos a Dios que la oscuridad o el deslumbre de luz de algunos de nuestros escenarios actuales no nos impidan ver las señales de salida que nos rodean y esperan que nos decidamos a embarcarnos sin tener apenas seguridad de dónde llegaremos, cómo y para qué. ¡Mar adentro!

 

 

 

Ancla del alma

La esperanza que se nos ha prometido es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró por nosotros, como precursor, Jesús, sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec (Hb 6, 18-20)

Habré leído muchas veces este pasaje y no soy consciente de haberme dado cuenta de la fuerza de esta imagen: la esperanza es un ancla que agarra nuestra alma en Dios mismo. ¡Qué curioso! Justo allí, tras la cortina del Sancta Sanctorum, donde sólo el Sumo Sacerdote podía entrar; justo allí tenemos un ancla que enraíza nuestra alma, lo que somos más profunda y genuinamente cada uno. Nuestra esperanza.

Y como me gusta conocer el significado de las palabras en la RAE y jugar con ellas, he ido a buscar qué dice de la palabra “ancla”:

1. f. Instrumento de hierro formado por una barra de la que salen unos ganchos, que, unido a una cadena, se lanza al fondo del agua para sujetar la embarcación. U. t. en sent. fig.

2. f. Arq. Pieza de metal duro que se pone en el extremo de un tirante para asegurar la función de este, y en general cualquier elemento que una o refuerce las partes de una construcción.

  • La esperanza nos sujeta como barra de hierro. Solo necesitas arrojarla al mar, a la vida… Si la guardas en ti, seguirá intacta y pulida pero no te sujetará a nada mas que a ti mismo. Y será ahí, en el fondo del mar, de la vida, donde no ves ni haces pie ni sabes qué ocurre… donde te sujetará a Dios. No a otra cosa ni a otras seguridades. A Dios.
  • La esperanza asegura que cumplamos la función que nos es propia. Que seamos quien somos, quien estamos llamados a ser. Por eso nunca divide, sino que refuerza, une extremos, incluso lo humano y lo divino, nos une a Dios.
  • No hacen falta ritos ni Sumos Sacerdotes, ni sacrificios ni holocaustos. Solo la esperanza prometida.

Y lo que no te una, sujete, refuerce  o no te facilite ser más tú mismo… no es de Dios. No es esperanza de la buena, la de Dios.

Noche de Reyes: aprender a esperar con alegría

Es bonito terminar las fiestas de Navidad con la celebración de los Reyes Magos. No me refiero exactamente al sentido litúrgico, que es otro. Me refiero al sentir popular, al menos por esta parte del mundo, que tanto se celebran los Reyes: regalos, magia, ilusión… Pero lo que creo más importante de este modo de vivir la Epifanía por aquí es pasar unas horas (o unos días) como si creyéramos sabiendo que no es verdad. Y a la vez no convertirlo en ingenuidad o engaño. ¿No os parece mágico?

Celebramos que ser como niños nos permite creer que todos somos suficientemente buenos como para recibir regalos. Y los adultos tan generosos como para perder horas y nervios buscando el mejor regalo posible para quienes queremos y nos quieren.

La espera de la Noche de Reyes es lo más parecido que se me ocurre a la esperanza escatológica, esa que decimos vivir los cristianos durante todo el año: esperando con todo nuestro ser el mejor de los regalos, en sana tensión, con alegría, con deseos de ser cada vez mejores personas, con capacidad para dejarnos llevar por la Estrella y no por otras luces, sabiendo ante quién merece la pena arrodillarse y ante quién no y con la sabiduría de volver por otro lugar (como los Magos) porque siempre hay Herodes dispuestos a matar lo mejor de nosotros si se sienten amenazados.

Regalemos. Esperemos. Que nadie nos haga pensar que no somos suficientemente buenos como para no recibir regalos en la vida. Que nadie nos parezca indigno de recibir algún don.

Feliz Noche de Reyes Magos. Que nada ni nadie nos mate la esperanza y las ganas de regalarnos.

 

 

De vacíos y esperanzas

Cada vez es más frecuente encontrar Belenes completos desde el inicio de Adviento. No, no hablo de centros comerciales (eso es otra historia). Hablo de centros cristianos, comunidades religiosas, colegios y universidades.

Me refiero a perdernos esa tradición que yo no conocí hasta llegar al Noviciado: se pone el Belén pero no hay Niño. Hay vacío. Se hace hueco. Se espera. Se echa en falta.

Y lo echo de menos. La fuerza del vacío, de una cuna vacía, de un espacio incompleto entre pajas, de un “no hay nada” en el lugar al que todos dirigen la mirada.

Como María, la Virgen “en estado de buena esperanza”, que sabe como nadie de vacíos y huecos, porque sabe que viene. Ella miraría de otro modo el espacio abierto con José para que el Niño naciera.

Ya viene… ya viene… Todo huele a Él. Podemos mirar con ojos nuevos todos los vacíos y ausencias de nuestra vida.